Saturday, 22 Sep 2018

Mi historia con Lola – Capítulo 2

Durante los siguientes siete días nuestras vidas giraban en torno al otro, no había una sola declaración entre ambos, pero la sonrisa de satisfacción se podía distinguir en nuestros rostros, la gente alrededor en nuestros trabajos evidenciaba que nos encontrábamos felices y creo que pocos imaginaban lo que sucedía todas las noches cuando nos encontrábamos y simplemente nos alimentábamos de la piel del otro. Hicimos de aquel pequeño departamento nuestra área de juegos, hacíamos el amor donde nos alcanzara el deseo. Así probamos posiciones y posturas que en nuestra vida jamás imaginamos poder realizarlas. Nuestros cuerpos embonaban a la perfección, a pesar de la diferencia de tamaños éramos ergonómicamente compatibles, nuestros sexos se volvían uno y se movían al mismo ritmo hasta provocarnos un orgasmo tras otro.

Llegó nuevamente el sábado y tanto nuestras familias como los amigos se mostraban intrigados ante nuestra evidente ausencia de los eventos normales en nuestra rutina. No podíamos detenernos a explicar lo que estábamos viviendo, así que decidimos escaparnos a Mazamitla y no avisarle a nadie, solo importábamos los dos. Durante el trayecto aprovechábamos cada espacio para besarnos y acariciarnos, conocer realmente al otro. A nuestra llegada el clima era el propicio para nuestra aventura, la lluvia mojaba los pinos y el frío nos invitó a encerrarnos en aquella cabaña y calentarnos mutuamente. Apenas si logré encender la chimenea y nuestros cuerpos exigían la piel del otro.

…..

Una noche de viernes llegué junto a la que era mi novia en esas épocas a la casa de Mayté, ella festejaba su cumpleaños y como cada año había preparado un evento donde siempre coincidíamos todos los que nos reuníamos en el café del centro, pero era obligatorio que acudiéramos con nuestras parejas. La fiesta era totalmente predecible, seríamos unas cincuenta personas en aquel jardín, donde para cenar siempre había en el menú tacos al vapor ya que eran los favoritos de Mayté y para el entretenimiento no podía faltar el karaoke por el que sus vecinos nos odiaban una vez al año. Había pasado media fiesta cuando por la puerta apareció Lola y tan predecible como la fiesta misma, todos sabíamos que llegaría acompañada por el mismo tipo que le complicaba siempre la vida justo en los cumpleaños de Mayté.

La noche avanzó y después de cruzar la media noche era necesario desconectar el karaoke y dejar a los vecinos dormir. Así que de pronto Mayté rompió la costumbre y colocó entre los pocos que quedamos en la fiesta un juego de mesa, la premisa era que probáramos que tan escrupulosos éramos o que tan liberales y sin saberlo estábamos a punto de abrir la caja de Pandora.

….

Nos sentamos frente a la chimenea, llenamos nuestras copas y brindamos por todo lo que estábamos por vivir, nuestros labios se unieron en un largo beso mientras nos despojábamos de la ropa. Nos abrazamos, nuestras pieles se reconocieron y comenzamos a recorrernos a besos hasta que nuestros cuerpos se colocaron en sentidos opuestos. Ella abrió sus piernas y dejó frente a mí su sexo totalmente depilado.

– ¿Te gustó mí sorpresa? preguntó.

Asentí con la cabeza, me sentí halagado por el regalo, tener frente a mí su sexo desnudo me excitó en exceso y justo en ese momento pude sentir sus labios besando mi glande lo que fue aún más placentero. Mientras eso sucedía ambos nos comíamos mutuamente y nuestras lenguas jugaron con el sexo del otro, sus labios comenzaron a hincharse y a dejar escapar pequeñas cantidades de su elíxir agridulce del que me estaba haciendo adicto. Nos aferrábamos a complacer al otro y obligarlo a correrse como si se tratara de una competencia para provocar orgasmos. Por fortuna nuestros cuerpos estaban acostumbrados al otro y justo en el mismo instante llenamos nuestros rostros con los fluidos del otro mientras gritábamos de placer en aquella remota cabaña.

….

 Mientras el juego avanzaba, las mentiras y los rostros ruborizados aparecían en las respuestas de algunos tratando de ocultar su lado perverso y caliente de sus prácticas en la intimidad. Sin embargo, todos eran políticamente correctos y eso mantenía las cosas con risas nerviosas que estaban permitidas entre todos los que hasta ahora habían leído una tarjeta.

– Tu turno Xavier – me dijo Lola mientras sonreía ya que ella había leído la tarjeta mientras me la pasaba.

Lola estaba segura que la respuesta me metería en complicaciones con la mujer que me acompañaba esa noche. Mi reputación me precedía y todo parecía indicar que esa noche me volvería la atracción principal de aquel juego. La respuesta no era difícil.

– 22 – respondí.

El rostro de las mujeres dibujó un gesto de sorpresa ante mi respuesta, los hombres sonrieron un poco asumiendo que quizá todos se habrían acercado a la cantidad de personas con las que habían tenido relaciones sexuales.

– Eres un golfo Xavier – salió de la boca de Lola.

Sonreí burlonamente y le dije:

– ¿Sorpresa o envidia? –

Ella se sonrojó y pude ver en su rostro cierto grado de molestia por mi respuesta, todos hicieron un silencio incómodo hasta que de pronto se abandonó el juego y las mujeres de la mesa comenzaron a debatir si la cantidad de mujeres en mi vida incluyendo a la que me acompañaba aquella noche era síntoma de alguien con problemas y cuestionaron a sus parejas exigiendo que confesaran la cantidad de cada uno de ellos.

Algunas de las parejas iban cambiando su actitud y gestos ante las respuestas de cada uno mientras otros simplemente dejaban ver que tanto conocían de antemano la respuesta. En mi caso aquella noche hablando de cifras habría de unirse al conteo quién me acompañó a esa fiesta y que nadie sabía que era nuestra primera salida juntos y que al contrario de lo que pensaban las demás no se vio espantada por el número de amantes previas en mi vida.

….

Serví más vino en nuestras copas mientras el calor de la chimenea mantenía nuestros cuerpos cálidos, era hermoso verla ahí desnuda frente a mí sin reservas, sin una sola gota de maquillaje, me perdí recorriendo con la mirada su piel y resultaba encantador el contraste de su cabello rizado, sus ojos esmeraldas y su piel canela. Me levanté y le pedí que no se moviera, necesitaba perpetuar esa imagen, tomé mi cámara y comencé a retratar cada pequeño detalle de su hermosa anatomía. Le comencé a pedir que posara para mí, sin chistar se dejó guiar hasta que el juego del fotógrafo revivió nuevamente nuestra excitación y la cámara nos estorbó, nos besamos nuevamente mientras afuera la lluvia comenzaba a caer dándole un tono gris al bosque. Fue ahí donde le tomé de la mano y me dirigí a la terraza que se situaba justo en la cañada. La vista era extraordinaria, el frío hacia erizar nuestros cuerpos que hervían de deseo por dentro.

La tomé de las caderas y la levanté sentándola en el barandal de madera, sus manos me apretaron al momento que sus nalgas sintieron la humedad y el agua fría que estaba en el pasamanos. La brisa de la lluvia comenzaba a mojar nuestros cuerpos mientras yo hundía mi virilidad entre sus piernas, ella al sentirlo se olvidó del entorno y me rodeó con sus piernas haciéndome llegar hasta el fondo de su sexo. Mis manos se sujetaban de sus nalgas mientras con ritmo lento nuestros sexos chocaban al igual que las gotas de lluvia lo hacían en los árboles, mis labios buscaron su oído, mi lengua acariciaba su lóbulo izquierdo, ella no resistió las sensaciones y su educación en escuelas católicas le obligó a gritarle frenéticamente a dios en aquella cañada. Pronto se convirtieron en palabras sin sentido mientras nuestros cuerpos temblaban mostrando que estaban a punto de llegar al clímax y si nos tardábamos más quizás en hipotermia pero de pronto sus uñas arañaron mi espalda mientras su cuerpo fue recorrido con una corriente eléctrica que finalizó con una explosión que comenzó a empaparme. Podía sentir sus cálidos fluidos recorriendo mi pierna y en un último movimiento la levanté y la dejé caer totalmente sobre mí para llenar su vagina con mi esperma caliente. Sacando las últimas fuerzas y sin cambiar la posición entramos con prisa a la cabaña frente a la chimenea y nos tiramos sobre la alfombra, necesitábamos respirar y recuperar el calor, sus labios estaban azules y mis manos comenzaron a doler por el frío. Sonreíamos extasiados por las locuras que estábamos realizando para disfrutar del placer al que nos habíamos reprimido en el nombre de la amistad.

Así pasamos el resto de la escapada, buscando tener sexo en cada espacio de la cabaña, entre risas, gemidos y gritos pasamos las horas. En cada oportunidad mientras recuperábamos fuerzas bebimos y comimos lo que tuviéramos a nuestro alcance, saciábamos el hambre con nuestros cuerpos que se entregaron al placer y nos olvidamos no solo del tiempo, de los límites morales y de las fronteras del placer establecidas.

Continuará…

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