Sunday, 22 Sep 2019

La cita a ciegas – Parte 1

Bajé del auto y caminé hacia la puerta aun preguntándome ¿Qué demonios estoy haciendo aquí? No lograba responder esa pregunta, surgían en mi mente más cuestionamientos que terminaban con la misma respuesta “Por pendejo”. Todo comenzó un par de semanas atrás en la sala de juntas de mi trabajo, mientras se discutían los presupuestos, la planeación y los compromisos que debíamos cumplir, una llamada al móvil del director abrió una pausa que fue aprovechada por todos para desahogar las preguntas sobre lo sucedido en la vida de cada uno el fin de semana anterior, desde los que se enclaustraron en su casa para ver el más reciente estreno en Netflix, los que no cesan de hacer ejercicio a toda hora que tienen libre y las señoras que aprovechan para visitar a su madre y castigar a sus hijos obligándolos a pasar las horas en la casa de la abuela a pesar de que se aburren desde hace años.

El foco de atención giraba en sentido contrario a las agujas del reloj y yo esperaba que la llamada del jefe se cortara mucho antes de que me cuestionaran sobre mis hábitos de descanso o mis pasatiempos que estaba seguro que a más de alguno en esa mesa les provocaría aversión. Sin embargo las preguntas eran respondidas con prisa y cada vez se acercaban más a mi posición. De pronto le tocó el turno a la publicista al lado mío, una joven mujer proveniente de Sinaloa que unos meses atrás se incorporó a la empresa y a la que realmente no le había puesto mucha atención. De pronto ella comenzó a quejarse de su vida al lado de su madre, una mujer que de acuerdo a sus palabras no le permitía respirar en su tiempo libre ya que la pobre estaba sola desde que su padre les abandonó hace algunos años y ahora se había venido a vivir con ella a Guadalajara. Su madre se había convertido en una especie de chaperona permanente que además no sentía vergüenza si de pronto su hija decidía salir a pasear con alguien más y se arreglaba para acompañarla a donde quiera que fuera.

La plática se comenzó a hacer larga y de pronto de la boca de mi asistente surgieron dos preguntas que habrían de provocar que me encontrara en este momento a punto de presionar el timbre de esta casa. La primera de ellas fue directa

– ¿Qué edad tiene tu mamá? y la segunda la dijo mientras sus ojos buscaron a los míos ¿Por qué no la invitas a salir y que conozca la ciudad Boss? Así ella queda libre unas horas y al mismo tiempo se hacen compañía.

Le lancé una mirada a Maggie intentando que le explotara la cabeza pero no sucedió mientras ella sonreía creyendo que podría finalmente conseguir alguien que me quitara lo gruñón. De pronto la mirada de todos en aquella sala se dirigió hacia mí, inclusive la del director que acababa de colgar su llamada.

– ¿No irás a negarte? – me dijo el jefe mientras sonreía burlonamente, yo creo que tienes que invitarla a salir y no hacernos quedar mal a los tapatíos.

Así sin más aquel día se decidió mi vida personal en aquella mesa con una votación unánime y sin decir más se acordó la fecha en que sucedería, todo sin dejarme opinar o negarme ante el plan surgido de los labios de Maggie.

Se abrió la puerta y Samantha apareció ante mí con una gran sonrisa y agradeciéndome de forma anticipada por salir con su madre, me invitó a pasar a la estancia mientras ella terminaba de arreglarse. Me invitó un vaso de agua fresca y al tiempo que me lo servía me pedía disculpas por adelantado de lo que pudiera pasar con su mamá, me decía que ella era algo especial y que no tomara a mal su forma de hablar ya que era muy sincera.

Yo solo deseaba salir de ahí y quizá en un futuro invitar a Samantha a salir, sus ojos negros me tenían cautivado y la belleza de su anatomía muy característica de Sinaloa me tenía embelesado. Sus caderas amplias y una cintura muy estrecha que contrastaban con unos pechos pequeños. Lo único que me aturdía era lo veloz de su hablar y los modismos que en más de una ocasión me provocaron a reír pero que oculté para no ofenderla. Justo en ese momento pude percibir un aroma a cítricos que me hizo girar la mirada hacia el corredor donde apareció mi cita.

Era una mujer entrada en los cincuenta, con unas piernas largas que al igual que las de su hija culminaban en unas amplias caderas y a diferencia de Samantha ella contaba con un par de senos que sobresalían del escote de su vestido. Al verme sonrió mientras se acercaba a mí, me levanté y le saludé mientras le entregaba el pequeño ramo de lirios que le llevé como cortesía. –- Hola, yo soy Elsa, la madre de Sam – me dijo mientras tomaba el ramo y se caminó a la cocina, al tiempo que yo miraba con el rabillo del ojo el movimiento de sus nalgas a través del vestido de flores amarillas que se adhería a su cuerpo como un guante intentando que Samantha no me atrapara observando el culo de su madre.

Después de salir de la cocina, me miró, tomó su bolso y se despidió de su hija, me levanté y salimos para subirnos al auto. Le abrí la puerta y ella subió al auto mientras Samantha nos observaba incrédula de que pudiera por fin pasar una tarde sin su madre. Subí al auto y nos fuimos con rumbo al sur de la ciudad. En el trayecto ella comenzó a hablar de lo enorme que le parecía la ciudad, de cómo aún no se adaptaba a nuestro ritmo y tono de voz “cantada” y yo no hacía más que sonreír ya que a mí me estaba costando mucho comprender su volumen de voz y sus expresiones.

Llegamos hasta la plaza y abrí la puerta para ayudarle a salir mientras el valet se encargaba del auto, la tomé del brazo y caminamos hacía el restaurante, después de un par de bromas ambos comenzamos a disfrutar de la charla, compartimos unos tragos en lo que esperábamos la comida, surgieron las bromas, los temas no deseados, su relación con su hija y mi posición en la oficina. Surgieron las clásicas preguntas sobre mi soltería y de mi parte las preguntas sobre las razones para no haber buscado otra pareja todos estos años. Y es que la mujer era muy bonita, su cuerpo estaba en forma y sus facciones mostraban que en su juventud había sido más bella que su hija.

Quizá fueron los tragos o que en ese momento llegó la comida y cambiamos el tema, pero de pronto todo fue un poco monótono, ambos charlamos solo lo necesario, hablamos de la comida, de las bebidas pero nada más, estaba claro que a ella esa pregunta le había molestado o que le había hecho cambiar de opinión. Terminamos de comer y sin más pedí la cuenta, salimos de aquel sitio y mientras caminábamos hacía el coche en un gesto sorpresivo rompió la distancia, me tomó de la mano y se recargó en mi hombro mientras me agradecía por la invitación y la elección del lugar.

Subimos al auto y fue en ese momento que me miró a los ojos, colocó su mano en mi pierna y sin reservas me pidió que buscáramos un lugar más íntimo. Me sorprendió un poco la propuesta, realmente no esperaba ante su reacción durante la comida que esto sucediera. Sus labios sobre los míos me sacaron de mis pensamientos y el cálido beso provocó que arrancara el coche y muy decidido tomara rumbo hacia el sitio donde podríamos estar solos. Ella comenzó a confesarme que estaba muy nerviosa, que tenía mucho tiempo sin tener una cita y que esperaba no decepcionarme, coloqué mi mano en su pierna que al sentir el contacto de mis dedos provocó que su piel se erizara y que su rostro se ruborizara. Le pedí que confiara en mí y tomé rumbo al lago de Chapala. Ella accedió y durante el trayecto por la carretera bajó su ventana y dejó que el aire jugara con su cabellera, su rostro dibujó una sonrisa.

Su mano buscó la mía y así seguimos hasta que en el horizonte apareció ante nuestros ojos el bello lago de Chapala. Sus grandes ojos se abrieron aún más, yo aproveché para platicarle acerca del lugar, finalmente para ella era algo nuevo que debía conocer. Asi fuimos avanzando unos kilómetros hasta que llegamos a Coxala, ella bajó rápidamente del auto y se acercó al mirador para disfrutar de la postal del lago debajo de ella. Mientras tanto me acerqué a la recepción a registrarnos y pedir que enviaran bebidas a la habitación. Salí de la recepción y me acerqué a ella por detrás y le tomé de los hombros, ella sujetó mis manos e hizo que la abrazara mientras recargó su cuerpo sobre mi pecho y solo atinó a darme las gracias por traerla hasta aquí.

Así permanecimos unos minutos hasta que el concierge nos interrumpió para llevarnos a la habitación. La tomé de la mano y cruzamos el hotel mientras disfrutábamos de las vistas al tiempo que el joven frente a nosotros nos iba explicando sobre la historia de este lugar y los servicios que estaban a nuestra disposición. Al llegar a la habitación ella se fue directo al balcón y se recargó en el barandal a seguir disfrutando de la vista, el joven concierge destapó la botella y nos sirvió un par de copas antes de despedirse y salir de la habitación donde finalmente estuvimos solos. Brindamos por el momento, por la oportunidad de conocernos y sin más nos besamos, el sabor de sus labios mezclado con el vino provocó que nuestras lenguas se entrelazaran mientras nuestras manos recorrían el cuerpo del otro con caricias que llevaron a reducir en su totalidad la distancia entre nuestros cuerpos.

No sé cuanto tiempo estuvimos ahí en ese balcón besándonos y explorándonos con caricias, pero ella se alejó un poco, me miró a los ojos y me sujetó de la mano para llevarme a la cama, me hizo sentarme y dio un par de pasos atrás. Comenzó a bailar frente a mí y lentamente levantó su vestido hasta que me mostró la pequeña prenda de encaje que apenas si cubría su sexo, se giró y me dejó ver su hermoso culo que ella seguía moviendo de una forma deliciosa y que provocó que la sangre de mi cuerpo comenzara a concentrarse en mi entrepierna. En un solo movimiento se despojó del vestido y quedó frente a mí semidesnuda, la imagen era celestial, la diosa madura estaba ahí disfrutando la experiencia y provocándome el enorme deseo de tenerla entre mis brazos y hacerla mía.

La miré despojarse totalmente de sus prendas y quedar desnuda ante mí, su cuerpo mostraba la historia de su vida, era hermoso ver sus piernas, su vientre y sus pechos redondos que en sus cumbres mostraban un par de pezones cafés que me provocaban besarlos. Caminó hacía mí y justo cuando se iba a arrodillar frente a mí le detuve, sujeté sus manos que buscaron mi cinturón mientras me acerqué a su oído y le susurré que ella estaba aquí para disfrutar y sentir placer. Me levanté y la hice sentarse sobre las sábanas blancas que resaltaban su piel morena. Me arrodillé ante ella abrí gentilmente sus piernas, ella se recostó sobre su espalda mientras yo me postré entre sus piernas y su sexo cubierto por una capa de vello oscuro quedó frente a mí, su aroma inundó por completo mi sentido del olfato, era delicioso. Levanté sus piernas y entonces pude ver sus labios gruesos que comenzaban a dejar escapar la humedad que surgía de su interior, mis manos acariciaban sus nalgas y ella al sentir mi respiración sobre su sexo se sujetó de la cama con fuerza, estaba muy excitada. Apenas mi lengua recorrió por primera vez su sexo de su interior comenzó a fluir un río al tiempo que su cuerpo se estremeció dejando escapar un largo gemido de placer.

– Por dios – solo atinó a gritar mientras sus piernas atraparon mi cabeza y comenzó a correrse sobre mí.

– Perdóname, no sé lo que me está pasando, estoy muy excitada – me dijo mientras intentaba cubrir sus pechos y dejó de apretar mi cabeza.

Le sonreí, era solo el comienzo de la velada.

– Disfrútalo, no tienes nada por que disculparte – le dije.

Pareció darle confianza y nuevamente abrí sus piernas para ahora si explorar con mi lengua su sexo ahora húmedo y beber de su néctar agridulce que emanaba de su cuerpo que ahora estaba ahí rendido ante el placer que le provocaba mi lengua áspera.

 

Continuará…

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