El olvido tiene la misma fuerza de atracción que la de un hoyo negro, su avidez es tal que una vez que los rostros, los nombres, los lugares, los aromas, los sonidos o las palabras quedan atrapados en su interior, permanecen inmóviles porque ya no hay un impulso contrario capaz de extraerlos y establecer las conexiones adecuadas para encender la luz de la memoria. El olvido, además, se instaura en un tiempo presente y continuo; acaso para evitar su indecente facultad de estar es que tomamos fotografías, escribimos diarios, es decir, llevamos una bitácora puntual de la vida, pero resulta insuficiente pues en algún momento nos olvidaremos de algo o de alguien. Sin embargo, sucede lo opuesto en Ixtepec, lugar donde surgen Los recuerdos del porvenir, novela de la escritora mexicana Elena Garro (Puebla, 1916-Morelos, 1998).

Elena Garro le da voz al pueblo que se convierte no solo en el escenario sino también en el testigo y narrador de la historia de sus pobladores. El inicio del libro establece un eterno retorno que va de la historia hacia la historia misma, una y otra vez cada que alguien comienza su lectura. “Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente. Sólo mi memoria sabe lo que encierra. Lo que veo y me recuerdo, y como el agua va al agua, así yo, melancólico, vengo a encontrarme en su imagen cubierta por el polvo, rodeada por las hierbas, encerrada en sí misma y condenada a la memoria y a su variado espejo. La veo, me veo y me transfiguro en multitud de colores y de tiempos. Estoy y estuve en muchos ojos. Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga.” De esta manera se convierte en un fluir inagotable de sucesos que giran en torno a los hermanos Isabel, Nicolás y Juan Moncada, pero también alrededor de Julia Andrade, Francisco Rosas y Felipe Hurtado.

La novela se divide en dos partes. La primera se sitúa en el contexto histórico posterior a la Revolución Mexicana. En ese entonces los pueblos alejados eran sitiados por generales quienes tomaban posesión del gobierno y establecían uno propio, caracterizado por la crueldad y la injusticia. Tal es el caso de Ixtepec. La presencia del general Francisco Rosas y de sus hombres hace que el presidente municipal, Juan Cariño, se refugie en la casa de las prostitutas y se dedique a la lectura de diccionarios pues “ellos encierran toda la sabiduría del hombre.” Aunque de poco le sirve ya que es incapaz de defender a su gente, y así se convierte en otro espectador de la barbarie.

En medio de esta violencia existe una historia de amor que nadie espera. Julia Andrade es la mujer del general, pero es un amor a la fuerza. Todos tienen prohibido dirigirle la palabra o mirarla, y la complacencia que Julia tiene hacia Francisco determina si alguien del pueblo vive o muere. Ixtepec depende de Julia para vivir, ella es el centro que une las miradas en un solo punto, que estremece los corazones y enardece las maledicencias de la gente. En ese estado de tensión sobreviven los habitantes hasta que un día aparece Felipe Hurtado. Nadie sabe quién es ni de dónde viene, pero sospechan la razón de su presencia en el pueblo. “Delante de los pasos de un hombre siempre van los pasos de una mujer.” Así como llegó, se fue, pero no se marchó solo, y eso cambió de nuevo la historia de Ixtepec.

La segunda parte se ubica en el periodo cristero. Ixtepec se quedó sin Julia pero quien más lamenta su ausencia es el general Francisco Rosas que ahora está perdido, sin dirección ni sentido va y viene como alma en pena. Al prohibirles la fe, los habitantes se sintieron agredidos en lo más profundo, por lo que decidieron hacer un frente común. Los líderes del movimiento son Nicolás y Juan Moncada. “Así volvimos a los días oscuros. El juego de la muerte se jugaba con minuciosidad: vecinos y militares no hacían sino urdir muertes e intrigas.” Los días transcurren en la incertidumbre, en el tiempo que pasa y pesa sobre los cuerpos de los prisioneros que esperan sentencia. ¿E Isabel? Isabel es una presencia solitaria que se entrega en cuerpo al general, pero que en su memoria pertenece al porvenir, un porvenir que la condena a permanecer como un recuerdo trágico convertido en piedra.

Por: Cecilia Pedraza.

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