Eficiencia. Producción. Consumo. Delirio. Un chicle se masca hasta que pierde el sabor, hasta que se pone duro, hasta que las mandíbulas se acalambran, hasta que ya no hace bombas, hasta que se acaba. Pero sucede que no se acaba. El chicle vive y se convierte en una mancha en el suelo, en una molestia bajo mi suela desgastada, en materia bajo la mesa, pegado sobre la corteza de un árbol, junto a una infinidad de colegas suyos. Luego tal vez se transforme en polvo, luego lo respiramos, junto con el plomo y las otras materias –gases y cochinadas—que flotan en nuestro entorno. Y ahí no se acaba: nuestro organismo lo transforma en sangre, en sudor, en lágrima, en pelo o simplemente en caca. Y su proceso continúa infinitamente como se descubrió hace mucho, desde los hilozoístas, que pensaban que todo está vivo.

Todo está vivo

Abraham Cruzvillegas

 

Remedio y mal

El conocimiento no puede ser inocuo, como proceso o como acervo, establece y crea, por la secuencia a la que abona o el campo al que se suscribe, sí o sí, conexiones de poder, nexos indiscutibles con estructuras discursivas, hegemónicas o no, pero sí habilitantes de vínculos validadores o legitimadores que se agregan de una u otra manera al espacio social.

La conformación de estructuras de poder establecido tiene su origen en información y saberes muy determinados, que mediante complejos procesos de adaptación se integran al campo de conocimiento reglamentado, y que pueden ir desde el rumor hasta la tesis del doctorado, por los valores de verdad que supone, principalmente porque el saber integra una dupla de validación indiscutible con el poder…

Quien tiene el poder impone su saber, un saber que legitima el ejercicio de ese poder, con lo que una vez más el círculo se cierra y la necesidad mutua se realimenta. Ésta es la historia del matrimonio de conveniencia entre poder y saber, que es más que un matrimonio de conveniencia: forman una unidad inextricable. En definitiva, saber y poder, poder y saber se implican mutuamente.

Generalmente estos saberes llegan por afinidad, correspondencia, complementariedad, y entran en un proceso de asimilación tendiente a reforzar la estructura de conocimiento.

Existen agentes dentro de dicha estructura que contribuyen de manera activa a la asimilación de los saberes, ya sean herramientas o cuerpos teóricos que confirman o rechazan postulados, teorías, ideas u ocurrencias.

La disciplina es una estructura más o menos estable de gestión del conocimiento, que no escapa a la reglamentación impuesta por los legitimadores y validadores sociales, es más, funciona como aliada en la conformación de un corpus de soporte para mecanismos, herramientas y agentes que justifican esa estructura.

El nacimiento de la disciplina está ligado también a la clasificación de saberes y de cuerpos que pueden albergar esos saberes, asimilarlos y convertirse en especialistas del detalle, como bien advierte Michel Foucault en Vigilar y castigar.

La disciplina establece nichos que permiten un control adecuado y pertinente de los saberes, por lo tanto, quien clasifica y propone esas distribuciones, de cuerpos y saberes, tiene una participación estratégica y hegemónica en la cadena de poder.

La disciplina es el remedio que se convierte en enfermedad y que recomienda los medicamentos que la pueden combatir.

 

Norma, regla, ley

La disciplina tiende a establecer cánones de comportamiento que pueden convertirse en simples normas, en reglas elaboradas o llegar hasta alternativas coercitivas, como la ley, así entonces, más que una delimitación de prácticas científicas, académicas, sociales, o estéticas, es más que nada una práctica política, un instrumento de poder constituido.

Cuando la disciplina se delimita tiende a establecer una serie de normas y reglas más o menos simples, en el paradigma del método científico, son señales primigenias de la comprobación de una hipótesis, que cuando se confirma, se legaliza, creando a su vez medidas de coerción.

Es entonces cuando el conocimiento (como proceso y acervo) tiende a “normalizarse”, es decir a equilibrar sus procesos descartando todo aquello que lo desestabilice, que lo lleve a derivas peligrosas, en los que podría incluso diluirse, o desaparecer.

Alrededor del conocimiento, como acervo y como proceso, se concentran núcleos de poder constituido: profesores, escuelas, académicos, maestros, formadores, fabricantes de óleos para pintar como principiante, Doctores en algo, cargadores de cuadros, vendedores de ropa para entrenamiento, comedores, secretarias, bibliotecarios, médicos, funcionarios, becas, oficinas, fondos, direcciones, intendentes, secretarios particulares, auxiliares A y B, libreros, Prefectos, Doctores en eso, profesores de asignatura categorizados, divisiones editoriales, bienes y servicios múltiples, camioneros, fabricantes de óleo para pintores intermedios y avanzados, pilotos de avión, el barista de la cafetería que tiene cafés orgánicos de Chiapas, Doctores en aquello que nunca imaginamos, la mujer que posa, Coordinadores de área, alumnos, pupilos, fabricantes franceses de óleos exclusivos para pintores consagrados, diseñadores de invitaciones a exposiciones de pintores principiantes, asistentes de la maestra de Yoga que da clases al maestro de expresión corporal y a la Maestra de actuación…un sistema de sistemas cuyas expresiones hologramáticas son necesarias para conservar el equilibrio del universo.

El saber como único saber de saberes legislados a partir de las necesidades del núcleo de poder constituido.

Ya en idioma académico: se establecen, separan, giran, se distribuyen y derivan  funciones a partir del ejercicio de la disciplina. Una especie de microestado disciplinar, que tiende a normalizarse y a normarse como estructura de reflexión de la realidad, o por lo menos de habitación de la misma.

Y claro, pensado en términos políticos, estas funciones se organizan de manera jerárquica, pero que en el caso de las artes vivas, atendiendo a lo efímero de éstas y a su naturaleza anti ortodoxa de generación de satisfactores, todo el sistema termina ganando recursos, bienes o parcela de poder, a excepción de quien genera el producto o bien simbólico, el creador.

En la economía política de la creación y generación de las Artes vivas la pirámide termina en la base, la cúspide es imaginaria: la administración de las posibilidades de creación, se vuelve más importante que la capacidad de imaginar, y que la imaginación misma.

La formación en artes en general, se vuelve un instrumento de mercado que sólo es capaz de pensar en términos de costo-beneficio, para una actividad que difícilmente puede medir sus alcances a cualquier plazo, pero cuyos beneficios y aprovechamiento son indiscutibles en la conformación paulatina de la dimensión cultural en el espacio social.

Y ni qué decir del mercado, que depende de un producto concreto, material, que implique el desgaste consabido, pues todo aquello que se desgasta implica una renovación remunerable, la cuestión es que en el desarrollo de las artes vivas el producto concreto se diluye en un proceso bastante amplio, complejo, y efímero en su realización y proyección espacio-temporal, su eficacia sólo se puede medir en el tiempo y en el espacio individual, al ser un producto vivencial y experiencial.

El estado sólo responde a esas dinámicas con regulaciones que exigen todos aquellos agentes que intervienen en el sistema de soporte de quienes crean, o de quienes se forman en los avatares de la creación artística, que al final del día son los encargados de reproducir el sistema.

Los saberes, el conocimiento, la información van conformando discursos, que justifican el mantenimiento y reproducción de un sistema que tiende a anquilosarse por las estructuras que lo componen y se van petrificando, éstos se van consolidando poco a poco hasta legitimarse y validarse por muy diversos medios, que incluso van más allá de los meramente académicos, generando posiciones hegemónicas.

 

La otredad como peligro

Así, el sordo cántico de las razas que se enfrentan a través de la mentira de las leyes y de los reyes, ese cántico que había ofrecido, a fin de cuentas, la forma primitiva del discurso revolucionario, llegó a ser la forma administrativa de un Estado que se protege a sí mismo en nombre de un patrimonio social a conservar en estado puro.

Michel Foucault (Genealogía del racismo)

 

Pensar en el Otro como ajeno es establecer una estructura binaria, simple, en el sentido de que yo soy Yo, y los demás son el Otro, una estructura ajena, peligrosa y potencialmente enajenante, capaz de contaminarme y producir Un-Otro-Yo, que dejaría de ser ese Yo presente que soy ahora, por eso es importante no dejar que ese Otro se mezcle con ese Yo que ahora soy, y conservar su soberanía:

…la teoría de la soberanía busca necesariamente constituir lo que yo llamaría un ciclo, el ciclo que va del sujeto al sujeto, mostrando de qué modo un sujeto -entendido como individuo dotado por naturaleza de derechos y capacidades- puede y debe hacerse sujeto, pero entendido esta vez como elemento sojuzgado dentro de una relación de poder. La soberanía es por lo tanto la teoría que va del sujeto al sujeto, que establece la relación política del sujeto con el sujeto.

Conservar al sujeto indemne frente a los peligros de una enajenación parece conformar una estructura cerrada, inútil dadas las interconexiones que lo sujetan al mundo y al poder, de los cuales no puede sustraerse, dado que…

El cuerpo es la carne en la que desembocan múltiples y a veces contradictorios universos lingüísticos, fuera de los cuales resulta casi imposible encontrar un soporte material que los reúna.

Foucault sostiene que el poder no se ejerce verticalmente, sino que actúa de manera horizontal, en una relación de interdependencia, la imagen de un cuerpo y una voluntad atravesados por el poder, o por una serie de poderes, supondría diversas trayectorias de flujo de saberes, por lo que el poder disciplinar tendería a privilegiar sólo una línea de flujo, creando tensiones al interior del cuerpo y de la voluntad.

¿Quién o cómo se seleccionan esos saberes que crean la línea unívoca de flujo disciplinar?

La selección de saberes se ejerce a través de esa forma de monopolio, de hecho y de derecho, según el cual un saber no ha nacido si no se formó dentro del campo institucional constituido por la universidad y los organismos oficiales de investigación, el saber en estado salvaje y nacido en otra parte, es automáticamente, si no excluido del todo, por lo menos descalificado a priori (la desaparición del científico aficionado en el curso del siglo XIX es un hecho notorio). Entonces: función de selección de los saberes de parte de la universidad; función de reparto de su calidad y cantidad en varios niveles de parte de la enseñanza, con todas las barreras que subsisten entre los diversos planos del aparato universitario; homogeneización del consenso; centralización, directa o indirecta, por parte de los aparatos del Estado.

En este punto es importante señalar, por ejemplo, lo que sucede en el sistema educativo mexicano en relación a la formación y educación artística profesional, la cual depende de una gestión administrativa, y un formato predeterminado que no corresponde a la naturaleza de los saberes que supone el área. Es decir, la voluntad institucional modela a priori la sistematización de cualquier programa de educación superior en artes, tal y como lo hace con el Derecho, la Medicina, y la Administración de empresas, es decir, disciplinas estables, tradicionales, y que por sus características pueden adaptarse al modelo impuesto por la Secretaría de Educación.

Abraham Cruzvillegas apunta en este sentido, a partir de la creación del CENART, espacio de formación que nació con la pretensión institucional de hacerse, por decreto, interdisciplinario:

“Así, cuando el diseño y la planeación de Cenart, en búsqueda de concordancia y coherencia con las nuevas actitudes, prácticas y saberes del arte, pretenden generar sentido como ámbito idóneo  de permeabilidad disciplinar, donde realmente puede tener consecuencias – de acuerdo con criterios artísticos y no educativos, o sea igualmente inestables – es en el currículo oculto, en la práctica real, en la experimentación, en lo no paradigmático, en lo no lineal, en lo ilegal. En lo indisciplinario.”

El discurso oficial parece ser muy claro en este sentido, cualquier intento de construir un espacio de creación, investigación y formación en las artes que no pase por los mecanismos de control institucional, no tiene la anuencia y aprobación, mucho menos el presupuesto, de la Administración pública. Con esto otorga toda la razón a Louis Althusser, en el sentido de que la educación es un “aparato ideológico del estado”, ya que contribuiría a la reproducción de las relaciones de producción,  sirviendo de soporte justificatorio a los “aparatos represivos del estado”

Las Artes vivas, y no es una característica exclusiva de éstas, por su naturaleza procesual, de investigación constante y alejada de los esquemas tradicionales de gestión disciplinar, requieren de un espacio específico en la asimilación y comprensión de sus prácticas, que el estado y los poderes constituidos y validados no pueden ofrecer, por lo que es necesario crear un sistema de gestión particular, una alternativa política y ética que involucre saberes y procedimientos que van más allá de un simple nicho para recibir estímulos económicos del sector público o privado, porque cuando éstos se involucran, desde el primer momento en el que establecen protocolos de gestión, comienza la institucionalización y control de esos saberes tan necesarios y urgentes para la proyección de cuerpos libres. Pugnar por una gestión social, comunitaria o colectiva de las prácticas artísticas, la autodeterminación de eso que nos atañe a los ciudadanos como sujetos de derechos y obligaciones.

La creación-investigación y práctica de las artes vivas no es un proceso meramente estético, incluso en ocasiones se hace necesario prescindir de este elemento, el momento histórico apura a convertir  estas manifestaciones en algo más complejo, que las decisiones técnicas nos lleven a posiciones estéticas o presenciales, que derivarán en posiciones éticas, y al ubicarse en el espacio social en políticas. Las artes vivas entienden al cuerpo como territorio de liberación, como archivo de saberes, poderes, y prácticas, como un elemento fundamental en los procesos de construcción, reconstrucción y reproducción social. Si el control de los poderes constituidos implica una práctica abiertamente política, las artes vivas, por su constitución y oportunidad no podrían hacer menos que un contrapeso político y ético frente a los embates de aquello que pretende negar que el ecosistema social es más complejo que lo que las instituciones pueden alcanzar a entender.

La práctica política es un elemento más en la práctica integral de las Artes vivas.

Por: Teófilo Guerrero.

Categories: Artículos

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