El viaje inicia con una mirada | Lecturas para llevar

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“Le Nous es la conexión que existe entre el alma y el cuerpo. Todo lo que el alma desarrolla utilizando el cuerpo como herramienta.” Algo similar ocurre con la poesía del escritor jalisciense Hugo Gutiérrez Vega [Guadalajara, 1934-2015]. A través de la palabra elabora diversos fotogramas textuales evocados desde el recuerdo o iluminados en el tiempo presente desde el cual también habla el sujeto poético. Lo anterior no sería posible sin la acuciosa observación del escritor que, sentado apaciblemente o recorriendo los pasillos del aeropuerto para no perder un vuelo, lleva siempre consigo la disposición de mirar.

Hugo Gutiérrez Vega se definía como “un señor domesticado que escribe versos”. Si fue domesticado no fue sólo por el amor sino también por la vida. Domesticar, como una vez le dijo un zorro a un pequeño niño, no es otra cosa sino <<crear lazos>>. En cada uno de sus poemas, el lector puede sentir la sutil tensión de ese vínculo, de la relación creada entre la vida y la palabra, entre la ciudad y su tránsito, entre el amor y su deseo, entre la muerte y su recuerdo.

Sus poemas muestran un desarraigo de las certezas, pero una adecuación al ritmo de la vida que es constante devenir: “voy haciendo los días/ y ellos me van haciendo/ y deshaciendo”. Las actividades diarias, los viajes, las conversaciones con los amigos, las estaciones de paso, las casas habitadas instauran su propia mecánica del movimiento. El cuerpo estático, brindándose a la mirada del otro. También puede suceder que el cuerpo siga el curso natural de sus dinamismos y que el sujeto poético detenga el tiempo y lo atrape en un cuadro para apreciarlo mejor.

El poema Un cuerpo como una isla es un instante de la visión. Dos momentos internos se establecen en el texto. El primero enuncia e inicia con un ritual de observación que comienza con un recorrido de la mirada “Por las arduas colinas de tu cuerpo van mis ojos desnudos contemplando”. Los ojos van desnudos, deben despojarse de cualquier otra visión para lograr apreciar lo que se muestra ante ellos: “tersos panoramas, precipicios/ y el bosque primordial”. La textura del cuerpo, las caricias que se expresan mediante la visión.

En la repetición hay renovación mediante la llamada, la exaltación del deseo: “llamarte desde el fondo del ser”. Es interesante notar que el cuerpo de la mujer amada, o deseada, yace en su plenitud, está ahí en el sentido de existencia abierta a las posibilidades de la experiencia. El lenguaje surge precisamente por esa necesidad de interpretar ese ser que está ahí. El lector se dará cuenta de que el cuerpo permanece en una pasividad, aunque no se trata de un sometimiento sino de una libertad que se ofrece para que el otro la observe.

La contemplación viene de la experiencia. El sujeto poético dice: “de contemplarte como se ven los campos en otoño/ o las vertiginosas catedrales erguidas en la niebla/ y entrevistas en la región sin nombre de la aurora”. ¿Cómo es que se observa el resto de las cosas? Con secreta admiración, con la atención que sólo es posible cuando se quiere satisfacer un deseo íntimo. Los campos en otoño son obra de la naturaleza, paisaje que enseñorea su belleza con un fondo de luz vespertina; mientras que las catedrales son obra del ser humano, en las que interviene inteligencia y sensibilidad que logran una composición perfecta.

Aquí es donde inicia el segundo momento del poema. Momento donde el sujeto poético se subyuga ante la forma: “Eres como una isla, te rodeo/ y me ajusto a tus formas.” Es cierto que se aproxima, que rodea el cuerpo pero no va más allá y esto se debe a un “antiguo temor”, dañar al otro. La invasión no se lleva a cabo, no hay conquista ni intervención y dice: “Por eso me mantengo en tus orillas/ y tierra adentro sólo van mis ojos.” Los ojos y la palabra. Este acto, en apariencia inofensivo, convoca el amor y la creación, pero también la apropiación del otro porque cuando miramos nos adueñamos de lo observado, aunque sólo sea para exaltarlo.

El viaje inicia y termina con una mirada desplazándose hacia su objeto de deseo. Hugo Gutiérrez Vega sabía que la renovación surge a partir de la mirada, que la vida se compone de trayectos y de devenires, tal como el arte y la literatura. Al igual que él buscamos adecuarnos al ritmo de los acontecimientos. Aquí también inicia nuestro segundo momento, momento de crear, de reinventar nuestra manera de conectarnos con nuestra realidad, de recorrer la ciudad para hacerla nuestra.

 

Cecilia Pedraza Cameros

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