De lo que delata y lo normal del corazón | Botica de Letras

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Me gusta el corazón normal, el que guardamos en la caja torácica, el de las arterias y ventrículos, el que no tiene una forma geométrica definida, me gusta ese, el del colesterol y el bombeo. ¿Quién decidió darle simetría al corazón? Me pregunto mientras me abro paso entre los desfiles de globos de helio, figuras de foamy, cajas, peluches, almohadas, chocolates, tarjetas, envolturas etc. Todo guarda esa forma de simetría perfecta en color rojo por poco escarlata. El cuerpo efectivamente guarda muchas simetrías, pero el corazón no  la tiene; hacer del corazón una figura casi siempre en un plano, nos hace más sencillo asimilar la representación del corazón pero no hace al corazón más simple.

El corazón arropa una serie de complejas emociones que nos delatan. El corazón delata efectivamente, lo escribió muy bien Edgar Allan Poe, porque sobre cualquier cosa, es el corazón quien nos delata, así lo cuenta en “El Corazón Delator”; Poe relata con magistral pluma como un asesino alucina que el corazón de su víctima palpita desde su escondite, en realidad es una metáfora, porque en verdad es el corazón del asesino quien lo delata, así es, el corazón delata todo, delata la tristeza, el odio, la soledad, la alegría, el coraje y sobre todo el amor.

“[..] Los agentes parecían satisfechos. Mi actitud les convencía, y hablaron de temas familiares, a los que respondí jovialmente. No obstante, pasado un rato, me di cuenta de que palidecía, y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y sentía que mis oídos zumbaban. Sin embargo, ellos continuaban sentados, y proseguían la charla. Entonces el zumbido se hizo más nítido y rítmico, volviéndose cada vez más perceptible. Comencé a hablar atropelladamente, para liberarme de esa angustiante sensación. Pero ésta persistió, reiterándose de un modo tal, que no tardé en descubrir que el ruido no nacía en mis oídos.

[…] El tic-tac se elevaba, acompasado. Me levanté y discutí tonterías, con tono estridente, haciendo grotescas gesticulaciones. ¡Todo era inútil! ¡El latido crecía, crecía más […]

[…] ¡No disimulen más! ¡Lo confieso todo! ¡Arranquen estas tablas! ¡Aquí, está aquí! ¡Es el latido de su implacable corazón!”

Edgar Allan Poe, El corazón Delator. 1987

Sobre todo el amor, eso sobre todo, es lo que el corazón no puede resistir delatar, será acaso por ello que somos tan evidentes y representamos al corazón con una figura simple en donde el amor se muestra a todo latido; este me recuerda también al cantautor argentino Gustavo Cerati que escribió a su vez, sin duda, con gran influencia poeniana, la canción “Corazón Delator”:

Un señuelo

hay algo oculto en cada sensación

ella parece sospechar

parece descubrir

en mi debilidad

los vestigios de una hoguera

oh mi corazón se vuelve delator

traicionándome

por descuido

fui víctima de todo alguna vez

ella lo puede percibir

ya nada puede impedir

en mi fragilidad

es el curso de las cosas

oh mi corazón se vuelve delator

se abren mis esposas

Un suave látigo

una premonición

evocan llagas en las manos

un dulce palpito

la clave intima

se van cayendo de mis labios…

 

Así pues Cerati se delata y delata que lo normal del corazón es delatar, siempre así, lo que intentamos guardar en sus cavidades, lo que de manera irremediable tiene que palpitar y zumbar como un tic tac, pero lo normal del corazón me lleva a otros parajes.

 

Larry Kramer me hace meditar con el título de su obra teatral “The Normal Heart” (recientemente convertida en película) ¿Qué es lo normal en un corazón? Aunque nunca me ha gustado la palabra normal, claro está que Kramer utiliza esta expresión para señalar la naturalidad del amor en el corazón de los hombres homosexuales de la década de los 80´s, donde la proliferación de SIDA hasta ese momento desconocido los golpeaba; el corazón de estos hombres es normal porque aman. Así pues la normalidad del corazón fuera de sus funciones naturales, sino desde sus funciones emocionales, es amar; de tal forma el cuida coches afuera de la tienda departamental con semblante indigente, detiene y le dice a la joven empleada que está en su descanso: -cuando tus ojos me miran mi corazón tiembla-, tiene un corazón normal y tiembla; cuando el chico en coctel conoce al apuesto joven de smoking y suspira, sí, tiene un corazón normal. Efectivamente Larry Kramer, todos tenemos un corazón normal porque somos capaces de amar, somos capaces de sentir desde su pulso.

 

Así que les pregunto lectores ¿A ustedes les ha delato el corazón? ¿Tienen un corazón normal?, mientras hacen memoria y reflexionan, desde la Botica de Letras les receto aquí algunas dosis poéticas, unos poemas amorosos para el corazón y mantener en normalidad el ritmo cardiaco ¿o no?

 

Jiga

 

 

Échame un vistazo al menos de arriba abajo

mírame cómo estoy de cabo a rabo enamorado

tengo enamorados los ojos

y tengo la boca enamorada

y tengo el pie izquierdo enamorado

y mucho más el pie derecho

tengo también enamoradas las espumosas ingles

y el pene conmovido enamorado como los niños de sus maestras

y los testículos al borde de las lágrimas de puro enamorados

tengo las manos pesadamente enamoradas

tengo enamorado el pecho combatiente

tengo con delirio enamorada la saliva

tengo la vieja cabeza altanera perdidamente enamorada

y enamoradas como vírgenes ridículas todas sus ideas

y todas mis palabras enamoradas hasta la tartamudez

y tengo enamorada la memoria

y enamorada hasta la abyección la imaginación

tengo el día y la noche enamorados

tengo enamorada cada hora con una herida roja y un sexo violeta

tengo enamorados los oídos y todo lo que oyen

y enamorada la lectura de cada línea que leo y cada idea que pienso

tengo la inteligencia magníficamente enamorada como una estúpida

y tengo enamorado este dedo meñique

y tengo enamorado el gesto con que escribo estas líneas

tengo la voz con que te llamo enamorada

y enamorada la paciencia milagrosa en que te espero

porque te espero enamorado y no me dejes así

junta apretadamente todo esto en tu abrazo

dueña de los enjambres y de las cataratas reúneme

recoge fuertemente en tu abrazo de hermana insensata

apretados contra tus pechos más claros que los himnos

calmados en tu seno de cauce de las fiebres caudales

todos estos pedazos doloridos.

 

 

Tomás Segovia

 

Exilio

 

A Raúl Gustavo Aguirre

 

Esta manía de saberme ángel,

sin edad,

sin muerte en qué vivirme,

sin piedad por mi nombre

ni por mis huesos que lloran vagando.

 

¿Y quién no tiene un amor?

¿Y quién no goza entre amapolas?

¿Y quién no posee un fuego, una muerte,

un miedo, algo horrible,

aunque fuere con plumas,

aunque fuere con sonrisas?

 

Siniestro delirio amar a una sombra.

La sombra no muere.

Y mi amor

sólo abraza a lo que fluye

como lava del infierno:

una logia callada,

fantasmas en dulce erección,

sacerdotes de espuma,

y sobre todo ángeles,

ángeles bellos como cuchillos

que se elevan en la noche

y devastan la esperanza.

 

Alejandra Pizarnik

 

Poesía Vertical

 

Algún día encontraré una palabra

que penetre en tu vientre y lo fecunde,

que se pare en tu seno

como una mano abierta y cerrada al mismo tiempo.

Hallaré una palabra

que detenga tu cuerpo y le dé vuelta,

que contenga tu cuerpo

y abra tus ojos como un dios sin nubes

y te usa tu saliva

y te doble las piernas.

Tú tal vez no la escuches

o tal vez no la comprendas.

No será necesario.

Irá por tu interior como una rueda

recorriéndote al fin de punta a punta,

mujer mía y no mía,

y no se detendrá ni cuando mueras.

 

Roberto Juarroz

 

Medialuz

 

He soñado una fuga. Y he soñado

tus encajes dispersos en la alcoba.

A lo largo de un muelle, alguna madre;

y sus quince años dando el seno a una hora.

 

He soñado una fuga. Un “para siempre”

suspirado en la escala de una proa;

he soñado una madre;

unas frescas matitas de verdura,

y el ajuar constelado de una aurora.

 

A lo largo de un muelle…

Y a lo largo de un cuello que se ahoga!

 

Cesar Vallejo

 

 

Oración

 

Habítame, penétrame.

Sea tu sangre una como mi sangre.

Tu boca entre a mi boca.

Tu corazón agrande el mío hasta estallar.

Desgárrame.

Caigas entera en mis entrañas.

Anden tus manos en mis manos.

Tus pies caminen en mis pies, tus pies.

Árdeme, árdeme.

Cólmeme tu dulzura.

Báñeme tu saliva el paladar.

Estés en mí como está la madera en el palito.

Que ya no puedo así, con esta sed

quemándome.

Con esta sed quemándome.

La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos.

 

Juan Gelman

 

Qué se ama cuando se ama

 

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida

o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué

es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,

o este sol colorado que es mi sangre furiosa

cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

 

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer

ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,

repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces

de eternidad visible?

 

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra

de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar

trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,

a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

 

Gonzalo Rojas

 

 

Espero curarme de ti

 

 

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

 

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

 

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: “qué calor hace”, “dame agua”, “¿sabes manejar?”, “se hizo de noche”… Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho “ya es tarde”, y tú sabías que decía “te quiero”.)

 

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

 

Jaime Sabines

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