Vivir es la reparación

Querido lector,

De nuevo estoy frente al ordenador buscando las palabras adecuadas para formular mi pensamiento y compartirlo contigo. Casi se cumple un mes desde la última vez que te escribí y me alegra comentarte que me dispuse a salir del laberinto. Mientras me encontraba ahí fui trazando una ruta de salida mediante la escritura; así fue como día a día, la aplicación de notas de mi celular se fue llenando con frases, reflexiones y mensajes en tanto que yo me iba vaciando y liberando del pesar. Mi mirada poco a poco se fue aclarando hasta despejar la desolación que se reflejaba en ella.

Esta renovada aproximación hacia la realidad me llevo a la lectura de El color púrpura. Solo abrir sus primeras páginas me pregunté ¿a qué edad comienza el sufrimiento? ¿A los catorce años después de haber sido violada por tu padre o después de dar a luz a dos hijos siendo una niña? Como podrás imaginarte mi primer impulso fue dejarlo, pues me parecía imposible continuar cuando la tristeza y la impotencia nuevamente me invadían. Sin embargo, no desistí, continué como lo hizo Celie, la protagonista, impulsada por su afán de vivir. Alice Walker eligió el género epistolar para narrar las vicisitudes de dos hermanas afroamericanas que viven en el sur de Estados Unidos a principios del siglo XX.

Celie se ofrece a casarse con Mr., un hombre mayor y de quien nunca conocemos el nombre, para evitarle a su hermana Nettie un doloroso destino. Una vez que Celie se va de casa, Nettie huye y busca la ayuda de un matrimonio que la acepta como niñera de sus hijos adoptivos. El matrimonio sin amor es eso, una vida vacía de emoción pero llena de las responsabilidades que se esperan de una mujer. En el caso de Celie supone cuidar de los hijos de Mr., preparar la comida, mantener la casa limpia y trabajar la tierra porque su marido se desentiende de sus obligaciones para recuperar el amor de la única mujer a la que supo entregarse, pero que su padre le prohibió, Shug Avery.

La escritura también evita que Celie permanezca en el sufrimiento. A través de ella expresa su sentir, explora sus dudas y reflexiona acerca de las experiencias que van acumulándose con el paso de los años. En un principio Dios es el destinatario de sus cartas, pero conforme crece y aprende acerca de las diversas maneras de entender la vida se da cuenta de que “ese Dios al que yo rezaba y al que escribía cartas es un hombre. Y como todos los hombres, es desconsiderado, olvidadizo e indiferente.” Por ello decide que su hermana es la indicada para leerla. Además, una vez que se separan no vuelven a saber una de la otra, esto se debe a que Mr. esconde la correspondencia que su hermana solía enviarle; no obstante, Shug le ayuda a encontrarla, es así como Celie comprende cuán necesario es el amor para sobrellevar la ruindad del hombre.

El color púrpura se lee a partir de los personajes femeninos que conforman ese universo de color, de lucha y de libertad, una libertad que se vive a través del vínculo que surge entre las mujeres. Cada una aporta a la otra una pincelada de sabiduría. Celie le brinda a Shug un amor incondicional, y ella le enseña a confiar, a profundizar en el conocimiento de su propio cuerpo y de su ser. Aunque no son las únicas, también están Nettie, Sofía y Odessa, constatamos que estos personajes destacan debido a la fortaleza de su carácter y a la determinación que tienen para cambiar, para aceptar la imperceptible pero inequívoca voluntad del tiempo para continuar a pesar de la rabia o del orgullo.

Esta novela es un tejido de voces y de historias marcadas por el dolor, sí, pero también por la fe en los lazos que se crean y se enriquecen con la comprensión y el amor, lazos que las llevan a dejar atrás el pasado y avanzar hacia la claridad de un presente pleno de tranquilidad. Me apropio de las palabras de Celie y como ella también digo “Estoy tan serena. Si viene, yo feliz. Si no, contenta. Y entonces caigo en que puede que esta sea la lección que yo tenía que aprender.”

Por: Cecilia Pedraza

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