Perdidos

Fotografía: Naturaleza Muerta – Francisco J. Díaz de León G.

En el más reciente informe de la Plataforma Intergubernamental en Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES), se advierte al mundo del peligro, no potencial sino real, del inminente cataclismo ambiental que terminará con un gran número de especies y que quizás contribuya a comprometer el futuro de la raza humana. Robert Watson, Presidente del organismo, advierte sobre el cambio urgente de paradigma en el desarrollo, en donde el PIB no sea el único indicador de desarrollo, y que es necesario reconocer también los recursos, el capital construido y el capital social.

La civilización ha estado marcada por la posesión y la ganancia, muchos conflictos han tenido como leitmotiv ganar o despojar. El capitalismo tiene como origen el periodo de acumulación originaria en el que las potencias mundiales hicieron acopio de recursos para poder contar con el capital que les dio la oportunidad de consolidar la industria, el comercio y los factores económicos que les dieron el poder para asentar su hegemonía en el siglo diecinueve, veinte y en lo que va del veintiuno.

Asignar valores económicos a prácticamente todos los rubros de la actividad humana, y a la naturaleza nos ha llevado a uno de los momentos más difíciles para el planeta, puesto que se persiguen ganancias infinitas en un entorno que ya nos advirtió de su finitud y su cansancio. Pero la humanidad quiere seguir tasando su futuro en dinero. La cultura no escapa a esa tendencia, al contrario, por eso nació el concepto de “Industria cultural”, para ponerle valores e indicadores económicos que la hicieran menos deficitaria.

¿Deficitaria? Sí, porque para el capitalismo la cultura es una actividad deficitaria, hasta que se contabilizaron los productos culturales y se llegó a la conclusión de que estos agrupados en el concepto de “Industria cultural” constituían una parte considerable del producto interno bruto mundial. Pero no tomaron en cuenta los procesos, las actividades y los fenómenos de cultura colectiva que constituyen la conciencia y el alma de los procesos de construcción del ser humano.

En un momento tan importante y crucial, la cultura juega un papel fundamental en el cambio no sólo de paradigma de desarrollo, sino además en la forma de pensar e imaginar el futuro. Cambiar la forma en la que se concibe al ser humano y sus prácticas en relación con su pasado y su devenir es una tarea de la cultura y de las artes en general, pero para eso es necesario que no estén encerradas en cuatro salas de lujo, en los grandes cines, fastuosas producciones realizadas para recaudar enormes cantidades de dinero que retroalimentan los procesos del capitalismo, y que paradójicamente precarizan a sus trabajadores, ese sistema que en apenas un par de siglos ha dañado de forma considerable la vida en la tierra, y ha capturado al ser humano para esclavizarlo a la fábrica, a la tecnología, al dinero, y a un estilo de vida que desprecia y abusa de la naturaleza.

No es gratuito que la agenda 2030 para el desarrollo sostenga que:
“La cultura forma parte de nuestro ser y configura nuestra identidad. También contribuye a la erradicación de la pobreza y allana el camino a un desarrollo inclusivo, equitativo y centrado en el ser humano. Sin cultura no hay desarrollo sostenible.”

Pero mientras que los estados, los poderes fácticos, Los dueños del dinero, y una buena parte de la población sigan pensando en la cultura y las artes como algo meramente decorativo y sin la capacidad y la fuerza de cambiar la forma de pensar de todos y todas, estaremos perdidos.

Por: Teófilo Guerrero.

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