De lecturas que se vuelven cartas.

Querido lector,
Hace tiempo que no te escribo y resulta difícil comenzar cuando tengo la sensación de estar atrapada en un laberinto emocional, que surgió inesperadamente al término del año pasado, y en el que sigo como única habitante. He llegado a pensar que acaso soy el minotauro y Teseo a la vez. Por lo pronto, la única alternativa es recorrer uno a uno los pasadizos que lo componen mientras encuentro la salida o me decido a derribar los muros de esta prisión. La lectura es una de las pocas actividades que aún disfruto, aunque le he dedicado tan poco tiempo que al revisar mi diario me doy cuenta de que el año anterior llevaba ya nueve libros al hilo, en tanto que hoy solo he concluido tres títulos. Sin embargo, han sido memorables porque cada uno, a su manera, es una celebración del placer de leer y de escribir.
Tal vez por eso me animé a retomar la comunicación contigo, para hablarte un poco acerca de esta experiencia de soledad acompañada y que tú decidas acercarte o alejarte de este cómplice de tinta y papel. Uno de estos libros se titula 84, Charing Cross Road de la escritora norteamericana Helene Hanff. Autodidacta y ávida lectora de escasos recursos solía asistir a las bibliotecas públicas para satisfacer su curiosidad y documentarse acerca de personajes y pasajes históricos que después incorporaba en sus guiones televisivos o teatrales. No obstante, cuando le era posible, adquiría los ejemplares que consideraba indispensable tener en sus libreros. La escritora originaria de Filadelfia, pero radicada en Nueva York, tenía la curiosa costumbre de conservar solo aquellos que merecían una relectura, por lo que constantemente donaba los que quedaban fuera de esta particular elección.

imagen de http://sgaclublectura.blogspot.com/2016/09/84-charing-cross-road.html

Es un libro encantador porque como lectores somos testigos de la correspondencia que durante veinte años mantuvo con Frank Doel, un librero británico que no solo le consiguió la mayoría de los títulos que le era imposible adquirir en la ciudad debido al gasto que representaba, sino que se convirtió en un amigo entrañable. Las misivas son breves pero plenas de sencillez, amabilidad y confianza. Helene bromea con Frank, quien no pierde su formalidad, aunque con el paso de los años va añadiendo matices de familiaridad y agradecimiento pues la gentileza de la escritora trasciende la distancia al enviarles comestibles y otros artículos de uso personal que los racionamientos y limitaciones que vivía Inglaterra después de la Segunda Guerra Mundial impedían obtener libremente. La amistad se extendió al resto de los trabajadores de la librería, e incluso alcanzó a la esposa e hijas de Frank. Las cartas se publicaron en 1971, posteriormente fue llevada al teatro entre los años de 1981 y 1982 y se estrenó en el cine en 1987 con el título de Nunca te vi, siempre te amé o La carta final, protagonizada por Anne Bancroft y Anthony Hopkins.
El género epistolar es de mis favoritos porque me permite conocer de manera íntima a las personas que escribieron las cartas, y cuando se trata de personajes ficticios el acercamiento es diferente al que acontece cuando existe una voz enunciativa privilegiada; además vislumbro esos momentos de pudor, alegría o dolor que nos distinguen como seres humanos.
En una de las cartas finales que Helene envía a una de sus amigas, mientras está sentada en su sala ordenando sus libreros, recuerda que alguna vez tuvo la intención de visitar Inglaterra para buscar aquella que se describía en su literatura; aunque mucho tiempo después descubriría las ciudades de ese querido país, reconocía en aquel momento que “al mirar a mi alrededor en la alfombra, siento una certeza: está aquí.” Sin duda todo aquello que alguna vez conocimos y nos fue querido vence distancias y permanece en la memoria de lo vivido. Es probable que yo también vuelva a reconocer las certezas que en este momento se esconden en los recovecos de mi laberinto.

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