Para D.B.

imagen ufo-spain.com

 

 

Todo sucedió a finales del 2017, aproximadamente, cuando mi marido llegó a casa con un bellísimo ejemplar de Viaje al centro de la Tierra. Lo había comprado en el puesto de revistas donde suele conseguir su material de lectura que va desde manga japonés a obras filosóficas o científicas. La razón por la que lo compró fue porque se trata de una edición de tapa dura que contiene una serie de ilustraciones inspiradas en la publicación original del siglo XIX a cargo del editor Pierre-Jules Hetzel. El ejemplar era el primero de una colección que saldría cada semana, por lo que al finalizar, y eso si no perdíamos ningún número, tendríamos un total de cincuenta y nueve libros de Verne. Buscamos en internet para conocer un poco más acerca de la editorial responsable de esta aventura y se trata de RBA, quienes se definen como un grupo de comunicación, una empresa que desde 1991 se ha dedicado a la publicación de revistas, coleccionables y libros. Para ellos una publicación de esta magnitud es solo un día más en la oficina.

Los ejemplares comenzaron a llegar una tras otro sin darme tiempo a elegir alguno, aunque tampoco tenía la intención de leer la colección completa en un año; además, otras lecturas en curso acaparaban mi atención, así que decidí no abrumarme con la cada vez mayor cantidad de libros que iban acumulándose en el librero. Otra de las razones por la que no empecé de inmediato se debió a que no soy una lectora aficionada al género de ciencia ficción, por lo que mi motivación, a pesar del diseño y de las ilustraciones, no pasaba de “ah, qué lindo, ya me daré el tiempo”. El momento llegó, dejé de aplazar mi acercamiento a uno de los escritores más fascinantes en la historia de la literatura mundial. Entonces recordé que ya antes había tenido contacto con su obra, aunque en una publicación que fue un homenaje a modo de divertimento y en forma de historieta. Me refiero al libro “De vuelta a Verne en 13 viajes ilustrados”, una serie de trece historietas ilustradas por moneros como Yazz, Trino, Jabaz, entre otros, y con adaptaciones a cargo de escritores como Raúl Aceves, Cecilia Eudave y Marco Aurelio Larios, por mencionar algunos. Fue una publicación conjunta entre la editorial de la Universidad de Guadalajara y el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) que salió en el año 2005.

Emprendí, pues, el Viaje al centro de la Tierra y quedé decepcionada. Detesté el temperamento irascible y testarudo del profesor Otto Lidenbrock así como la innegable fidelidad y cariño que su sobrino Axel le profesaba. Un mensaje cifrado es el que detona la aventura, que en principio me parecía imposible, al menos en eso coincidíamos su sobrino y yo, que los lleva a trasladarse de Alemania a Islandia pues era imprescindible llegar a la montaña que se encuentra en este país y que, a determinada hora del día, los rayos solares proyectarían la entrada hacia la gruta que lo llevaría al centro de la Tierra. Un anciano y un joven carecen de la fuerza física necesaria para cargar con los alimentos y herramientas necesarias, por lo que el profesor contrata a un natural, llamado Hans, quien no habla el idioma, pero se entiende con su amo mediante la promesa del pago puntual por su servicio.

Cada uno inició el viaje llevado por un interés personal. El profesor para ser reconocido en la sociedad científica, el joven movido por el cariño hacia su tío y Hans por la ganancia monetaria, pero ¿y yo? ¿Por qué seguía con una lectura que no me había gustado? Las maravillas que encontraron no me sorprendieron en absoluto, un océano subterráneo, un bosque de hongos gigantes ni siquiera la terrible lucha que sostuvieron dos reptiles antediluvianos, el ictiosauro y el plesiosauro. ¿Acaso mi tiempo para leer a Verne había pasado? Concluí que sí y lamenté la inversión de dinero, aunque tal vez a mis hijas o a mi marido les interesaría leerlo.

Todo cambió cuando a principios de este año, para ser más precisa, el 22 de enero, y de acuerdo con mi diario de lecturas, comencé con un nuevo viaje, esta vez hacia el fondo del mar. Por ese entonces participaba como “mamá lectora” en la secundaria de mi hija, así que una vez a la semana, acudía al salón de 3˚D para leer en voz alta y escuchar leer a los alumnos. Uno de ellos, Tapia, me comentó que había iniciado con la lectura de Veinte mil leguas de viaje submarino. Gracias a él me animé a leerlo también, así ambos tendríamos la oportunidad de intercambiar opiniones. Lamentablemente, él desertó, pero yo continué con la travesía y quedé fascinada.

“¿Quién ha podido sondear las profundidades del abismo?, hay dos hombres entre todos los hombres que tienen el derecho ahora de contestarla: el capitán Nemo y yo.” Ahora puedo decir que yo también soy capaz de mencionar los peligros y los prodigios que habitan en el fondo del océano. Me cautivó la personalidad del capitán Nemo quien, de manera voluntaria, decidió exiliarse como habitante terrestre y cortó cualquier vínculo para refugiarse en la vida submarina.

En una actividad familiar, mi hija Natalia nos lee en voz alta treinta minutos de lunes a viernes. Su papá y yo somos el público cautivo que la invita a ampliar su gusto por la lectura y a conocer otro tipo de escritores de tipo clásico que suelen ser muy distintos a los actuales. La isla misteriosa fue uno de los títulos que escuché en la voz de mi niña y quedó en nuestra memoria en la categoría de los inolvidables por el vínculo que crearon los personajes entre ellos al igual que con el lector. Lo fue para mí porque apareció un personaje entrañable, que en esta historia revela el origen de su comportamiento y que además funge como el secreto salvador de la tripulación que llega a la por ellos nombrada Isla de Lincoln.

Otro título siguió a ese, uno en apariencia anodino pero que guarda una aventura plena de acción y de misterio, Ante la bandera. Esta lectura fue motivada por un alumno quien, orientado por mis comentarios acerca de la anterior, decidió comprar la colección y sus opiniones, descubrimientos y suposiciones me cautivaron para conocer la historia de la que hablaba. Gracias a él estoy leyendo Mistress Branican, primer título en el que el protagonista de la historia no es un hombre sino una mujer.

Los lectores somos algo parecido a vasos comunicantes que, al compartir el mismo gusto, nos vinculamos de tal manera que unos y otros nos llevamos a alcanzar un nivel semejante de experiencias, emociones y recuerdos.

 

 

 

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