El lugar donde trabajo fue víctima de otro robo, el Municipio en el que tengo mi otro trabajo (No se puede sobrevivir con uno solo, ser docente en México es sinónimo de precariedad) es uno de los más violentos de la ZMG, y para nadie es secreto que sirve como tiradero y sede de actividades y prácticas terribles. En la Colonia donde vivo provisionalmente, en un radio de cinco kilómetros, se cometen de uno a dos homicidios por día, prácticamente. El transporte público por las vías en las que circulo no es ni medianamente bueno porque traslada a miles de trabajadores desde sus “clusters” (Sí, una terminología industrial, de almacenamiento) y satura desde su salida los autobuses.

Una de las avenidas por las que transito está cerrada debido a las obras de un tren que servirá para trasladar más trabajadores y más rápido para seguir alimentando la productividad del mismo sistema que los precariza cada vez más. La dinámica social es más parecida a una jungla con reglas mínimas de convivencia, en la que otras víctimas del sistema le sirven de otra manera a éste haciendo circular el capital por los márgenes, otorgando valor a artículos sin importancia, contribuyendo a justificar la existencia de cuerpos represores, de un sistema judicial que no sirve más que a los grandes capitales, estas víctimas inconscientes son pequeños depredadores de bienes individuales: ladrones, defraudadores, vivales, etc., todos de poca monta, porque los grandes ladrones, están parapetados en el sistema administrativo, legal, financiero y de mercado, en donde residen los botines que valen la pena.

En una ciudad donde sobrevivir se ha vuelto una prioridad no hay lugar para el futuro, este ha sido privatizado en aras de poder vislumbrar un porvenir medio difuso e incierto.

Es de este panorama del que abrevan los partidos políticos, los profesionales de la política, y el nuevo lastre social: los candidatos independientes, ofreciendo certidumbre en un sistema que no la puede garantizar porque un poco de certidumbre para las mayorías significa dos pesos menos en los bolsillos de quienes se constituyen como los principales beneficiarios de este lamentable estado de cosas, así como sus defensores oficiosos, que reciben la encomienda de justificar lo injustificable gracias a un sueldo que no es seguro ni asegurable mediante bienes, servicios o productos que contribuyen a garantizar la persistencia de un sistema que ni da para más, ni es viable, ni sano para el planeta y sus habitantes.

En este contexto y coyuntura la violencia, cualquier tipo de violencia, las violencias, se constituyen como un factor sine qua non para la reproducción de los esquemas de poder, dominación, subordinación y precarización, porque no sólo existe una violencia explícita y como consecuencia de la desigualdad social, también existe de origen una violencia simbólica que sustenta culturalmente las relaciones de producción en la que estamos inmersos día con día, y en la que hay que ser más rápidos, más altos, más fuertes, los primeros y los más certeros (valores predominantemente masculinos), y cuyos efectos se observan en la convivencia en el espacio público, un auténtico campo de batalla, y en una dinámica de guerra civil de baja intensidad (no sé si pueda caber el concepto de guerra civil molecular de Hans Magnus Ersenszberger, lo estudiaré), y que aceptamos a regañadientes, pero sin chistar, y si nos vemos perjudicados atacamos las consecuencias, no al sistema que las genera. Las relaciones de producción devienen relaciones de poder, y por lo tanto de violencia cuando todos queremos lugar, espacio, objetos, llegar, irse, acceder, apropiarse, etcétera.

La violencia y sus niveles responderían a una lógica de consecuencia, es decir, que el nivel que ha alcanzado la violencia en México capitaliza una red de relaciones violentas presente en el espacio público, pero también en la estructura de la red de relaciones económicas, una de las principales fuentes de conflicto y tensión a nivel social.

El capital se perfecciona en la violencia cotidiana cuando la competencia económica también se configura como violencia simbólica, generando cuerpos en conflicto y tensión, por lo tanto cuerpos enfermos culturalmente, es decir, con problemas de convivencia y habitación común.

Sería vano y banal decir de una forma tan simple que la solución es la cultura, porque los mecanismos de generación y distribución de los productos culturales, la proyección de sus procesos, y los recursos administrativos de gestión están bajo la tutela de un estado que no entiende la dinámica social y su dimensión sistémica, y confunde productos con valores, recursos con dinero, etc., es decir, se allana a una lógica económica. Es decir, la gestión cultural pública se encuentra secuestrada en un circuito perverso de articulación, circulación y reproducción.

En una comunidad, un país y un planeta que requiere acciones colectivas priva un sistema que premia y ensalza el beneficio individual, la cultura es un fenómeno colectivo, y como tal debería articularse, ya que un factor fundamental para el cambio de visión, expectativa y futuro es la imaginación, materia prima de la cultura. Urge el capital económico, pero no urge menos un capital cultural que tenga un sesgo social, colectivo. De las prácticas artísticas como sinónimo de cultura, luego hablamos…

Por: Teófilo Guerrero

Categories: Artículos

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