Fotografía: Aliexpress.com

 

Empecé el año con la convicción de leer más y de escribir otro tanto. Para ello elegí una de mis variadas libretas que suelo comprar por compulsión y acumular en cajones que al abrirlos me maravillo ante su contenido. Lo anterior se debe a que soy olvidadiza, así pues nunca recuerdo dónde guardo mis cuadernos; cuando estoy buscando recibos, apuntes, fotocopias o cualquier otro objeto descubro con renovada sorpresa que ahí estaban. He llegado a pensar que son regalos que destino para mí precisamente porque sé que no lo recordaré. Les decía que elegí una de mis libretas, una de forro morado que en la parte superior derecha de la portada tiene grabadas las siguientes palabras daily notes; mientras que en la parte inferior, del mismo lado, indica que se trata de un cuaderno ejecutivo. Nada más equivocado. Después de la hoja con formulario para los datos personales, le sigue mi diario de lecturas. Es la primera vez que llevo un diario, y qué mejor que comenzar con un registro de los libros que leo. Como dato adicional decidí indicar el día de inicio de lectura así como la fecha de su término (una alumna me propuso que también podría indicar la hora, pero creo que no soy tan obsesiva).

La primera entrada corresponde al libro Antes de conocernos del escritor británico Julian Barnes y cuya fecha original de publicación fue el año de 1982. Señalo este dato porque al tiempo que me decidí por escribir también lo hice por leer, así fue como entré en un reto de lectura, y uno de los desafíos incluye leer un libro que haya sido publicado en la fecha de nacimiento del lector. Todavía no sé muy bien la razón que me llevó a aceptarlo porque para mí leer es tan usual como caminar o comer, ¿serviría entonces para motivarme a leer otros géneros, autores desconocidos (aunque debemos tener en cuenta que todo autor es  desconocido hasta que se lee su obra) o para aumentar la cantidad de libros en mi haber? Dejando de lado estas cuestiones me dije, con esta decisión acabo de matar dos pájaros de un tiro (no había reparado en la crueldad de este dicho).

Leí el libro y fue una sacudida en dos aspectos. El primero tiene que ver con la trama de la novela. Esta plantea la cuestión de los celos, pero de unos celos en retrospectiva pues se enfocan en el pasado que vivió Ann antes de conocer a Graham, un maestro de historia que decide poner fin a un matrimonio de más de diez años debido al romance que tiene con ella. Se trata de un pasado que en un principio lo atormenta para trastornarlo después, ya que descubre que Ann trabajó como actriz menor en películas poco memorables, por lo que debió mantener relaciones afectivas y sexuales con algunos de sus compañeros, lo que así fue. Sin embargo, Graham es incapaz de deslindar ese pasado de su vida actual en la que están casados y ella no tiene ninguna comunicación con nadie de su vida anterior; excepto con Jack, quien también es amigo de Graham.

En un momento del relato, cuando Graham acude con él para pedirle consejo, este le advierte que es una situación a la que debe acostumbrarse o buscar una alternativa, que en el caso de Jack es la infidelidad. Pero a Graham no le convence esta respuesta y se pregunta “¿Y si no fuera algo que estaba en la naturaleza del matrimonio (…) sino en algo que estaba en la naturaleza del amor? Era un pensamiento poco agradable: lo que todos siempre han buscado tiene que salir mal automáticamente, inevitablemente, químicamente.” Es tal vez una alusión a lo que sucederá después porque qué puede esperarse de una relación que se convierte en interrogatorios, acusaciones y sentimientos de culpa.

El autor también plantea el cuestionamiento de la función social e histórica del sexo, ya como recurso del dominio, de la manipulación, ya como principio del placer pero también de la confusión y de la duda. Si el pasado acecha a través de los actos cotidianos del amado, cómo saber si esa caricia es nueva o fue destinada para alguien que ya no está. Esta novela presenta el amor como un tormento y agonía necesarios para justificar la violencia hacia el otro, como el bálsamo para curar las heridas, pero también como la pira ardiente donde inmolarse.

El segundo aspecto se relaciona con lo último que acabo de mencionar, con ese tormento y agonía en que se han convertido mis días precisamente porque estoy obligada a cumplir un reto. Antes disfrutaba leer a mi ritmo, ya fuera un libro olvidado y cuya mirada acusadora no podía tolerar más; ya uno recién comprado (uno que destinaba a la sección de libros por leer), ya dos a la vez o uno que descubría entre mis libreros. Ahora antes de comenzar a leer un libro debo fijarme si cumple con alguno de los requisitos que estipula el mentado reto. Sé lo que me dirán, déjalo. El problema es que me parezco a Graham, cuya ansiedad e insatisfacción determinaron cada una de sus decisiones. De los veinticuatro desafíos he cumplido cuatro; me quedan trescientos treinta y seis días para realizar el resto.

Por: Cecilia Pedraza.

 

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