Y fuera la lluvia sigue cayendo

Me gustaría escribir “y fuera la lluvia sigue cayendo y cayendo y no quiere cesar” pero febrero desmentiría cada palabra pues a pesar de que el viento es frío, el sol ilumina esta habitación con tal esplendor que solo se adivinan algunas nubes a lo lejos. Digo me gustaría escribir porque esa oración me parece propicia para las primeras páginas de un diario, sin embargo, la frase pertenece a una de las cartas que el escritor checo, Franz Kafka (1883-1924), envió a la periodista, escritora y traductora Milena Jesenská (1896-1944) entre los años de 1920 y 1922. Una correspondencia de la que solo se conservan las cartas de él, aunque Max Brod, amigo y editor de su obra póstuma, se encargó de publicar aquellas que Milena le enviara para contarle acerca de su relación con el escritor.

Los diarios son textos íntimos que permiten observar cómo transcurren los días en la vida de algún personaje notable en tanto que la correspondencia muestra el intercambio de ideas, el pensamiento que concuerda o está en desacuerdo con un tema particular, en fin, el lector está frente a un acto de comunicación. Lo cierto es que esto no ocurre en Cartas a Milena (Alianza Editorial, 2016) porque únicamente están presentes las misivas de Franz Kafka. No obstante, las cartas revelan parte de las respuestas que ella manda pues el escritor retoma algunas de sus líneas para hacerle aclaraciones, puntualizar acerca de algunas decisiones o analizar los momentos cuando estuvieron juntos.

Al inicio, los intercambios hablan acerca de los amigos o conocidos en común, del interés de Milena por traducir algunos textos de Kafka, de hecho ella le envía sus traducciones para que él las revise y haga las correcciones necesarias, aunque es algo que incomoda al escritor porque no le gusta releer su obra, y también se menciona la vida sentimental de cada uno. Él mantenía una relación con una chica pero le aclara que sin ninguna intención de casamiento; ella, por su parte, le comenta que está por separarse, alejarse sería el término correcto, de nuevo, de su marido, quien constantemente la engaña. Así pues, ambos encuentran un descanso en la palabra del otro “Milena […] escríbeme a diario, puedes ser muy breve, más breve que en las cartas de hoy, sólo dos líneas, sólo una, sólo una palabra, pero prescindir de esa palabra sería para mí un sufrimiento horrible.” A pesar de haberle aconsejado, en un principio, que espaciara sus cartas, Kafka admite que no puede estar sin saber de ella.

Conforme pasan los días comenzamos a ver que estamos ante una relación tormentosa, dominada por el miedo, el malestar físico de ambos -en aquellos años la tuberculosis que Kafka había contraído le hacía pasar largos periodos de convalecencia, mientras que ella también padecía ocasionalmente enfermedades respiratorias-, la duda y sin embargo, también existen breves pasajes de luz, de calma y de un amor inesperadamente puro. La contrariedad de este suceso, el saberse correspondido, corrijo, comprendido, causa en el escritor una emoción parecida a la que siente el enfermo ante su sanador o el alivio del pecador ante su confesor, “Milena entre los salvadores, ella que constantemente experimenta en el propio cuerpo que al otro sólo se le puede salvar mediante la propia existencia y, fuera de eso, mediante nada más. Y a mí ya me ha salvado mediante su existencia y ahora, posteriormente, lo intenta con otros medios infinitamente más exiguos.” De ella solo necesita su palabra escrita y no su preocupación ni sus consejos de cómo cuidar o mejorar su estado de salud.

En algún momento de su relación, que se mantuvo principalmente a través de la escritura, plantearon la posibilidad de vivir juntos, pero Milena no se atrevió a dejar a su marido. Kafka se mostró comprensivo, siempre lo fue y constantemente se culpaba por la fragilidad de su cuerpo, de su falta de energía y determinación para ser como los demás, para actuar como el resto, pero él sabía bien que no podía permitírselo debido a su manera de ver el mundo. La correspondencia que comenzara en abril de 1920, un año después de haberse conocido en un café de Praga, se corta subrepticiamente en noviembre de ese mismo año para retomarla en marzo de 1922. Aunque ya en septiembre de 1920, el escritor manifiesta un sentir diferente hacia ella diciendo que “tampoco es quizás probablemente amor cuando digo que tú eres lo que más quiero; amor es que tú seas para mí el cuchillo con el que escarbo en mi interior”. El dolor y el miedo caracterizaron la mayor parte de las cartas, pero también el amor de un hombre que supo colocar su cabeza cansada en el regazo de la mujer esperada.

Por: Cecilia Pedraza

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