¿Escribir o dejar de hacerlo?

La gloria o el mérito de ciertos hombres consiste
en escribir bien; el de otros consiste en no escribir.
Jean de la Bruyère

 

Leer significa trazar varios planos de coordenadas donde textos de distintos géneros se entrecruzan, autores se encuentran y, después de hacernos partícipes de sus historias, nos dirigen hacia otros puntos de convergencia. Esto fue lo que me sucedió con Bartleby, personaje de un cuento de Herman Melville titulado Bartleby, el escribiente. Encontré el texto en las primeras páginas de una antología que compré debido a que no pude resistirme a su título, Antología del cuento triste, compilada además por Bárbara Jacobs y Augusto Monterroso. El protagonista es un tipo solitario y reservado que trabaja como copista en una oficina de abogados, localizada en un edificio de Wall Street. Ni su jefe ni sus compañeros tienen la menor idea acerca de su vida, a no ser por lo poco que han observado en la oficina, algunos rituales de trabajo y su modesta alimentación que consiste en bizcochos de jengibre. Sin embargo, lo interesante de él es su repentina resolución a cualquier solicitud, que se resume en la frase “preferiría no hacerlo”. La inercia de sus acciones guiadas por su pasividad, indican en realidad una renuncia ante la opción de vivir.

Cuál no sería mi sorpresa al enterarme que en la literatura ocurre un fenómeno similar, ya que existen numerosos autores, Juan Rulfo, Arthur Rimbaud, Juan Ramón Jiménez, entre otros, que dejaron de escribir súbitamente, como movidos por un Bartleby interno que un día decidió negar la posibilidad de continuar escribiendo. Enrique Vila-Matas (1948), ganador del premio FIL de Literatura 2015, se interesa en esta enfermedad, en este síndrome y para ello le da voz a Marcelo, narrador de Bartleby y compañía. La pregunta de Florencia (Planeta, 2015). El primer párrafo le sirve como pretexto para realizar una confidencia pues nos dice <<Nunca tuve suerte con las mujeres, soporto con resignación una penosa joroba, todos mis familiares más cercanos han muerto, soy un pobre solitario que trabaja en una oficina pavorosa. Por lo demás, soy feliz. >> A diferencia del personaje anterior, este protagonista es consciente de su realidad y, consecuente con ella, decide hacer un cambio.

Después de veinticinco años de silencio, debidos a una penosa contrariedad que tuvo con su padre por la interpretación que este dio acerca de su única novela, donde habló acerca de la imposibilidad del amor, Marcelo decide volver a la escritura con el único objetivo de dar a conocer los resultados de sus pesquisas como “rastreador de bartlebys”. La novela se convierte así en una especie de ensayo constituido por ochenta y cinco notas que discurren desde precisar el origen de este mal hasta mencionar algunas de las causas que llevaron a los autores a renunciar a la escritura. Es importante mencionar que no solo aparecen seres reales sino también personajes cuyas historias manifiestan una postura acerca de la validez de la escritura, su finalidad y alcance en la vida de los lectores y de ellos mismos. El narrador, además, enriquece sus apuntes con reflexiones, ideas y gustos personales. Nos dice, por ejemplo, <<Yo, si me dieran a elegir, preferiría, en el supuesto de que tuviera que existir un solo libro, mil veces antes uno de los que escribió Rulfo que el que, gracias a Moisés, no escribió Wittgenstein. >> Existe pues una combinación entre humor y verdad en varias de sus aseveraciones.

El lenguaje, el deseo de inmortalidad, el silencio, en fin, el descubrimiento de una pulsión negativa son algunos de los caminos por los cuales se llega al abandono. Los lectores, no deben pensar que se trata solo de una enumeración de autores, síntomas y causas, sino, de personas como ustedes y como yo, que un día despertaron con el deseo de escribir para, al día siguiente, no volver a hacerlo jamás.

Por: Cecilia Pedraza 

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