En el Tren | Entre Calles e Historias

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Miro estas escaleras y trato de pensar en el número de personas que pueden haber subido o bajado en la estación de Plaza Universidad del tren ligero desde que comenzó su funcionamiento la línea dos, es decir, desde el 1ro de julio de 1994. ¿Cuántas veces yo he subido y bajado en esta estación?

A diario el tren ligero, en sus dos líneas, transporta más de 310 mil pasajeros diariamente, reflexionando la cantidad, nunca creí que fuera tanta gente la que lo utiliza. Pero cuando te quedas observando la cantidad de gente que baja y que sube en cada una de las estaciones, aceptas que es la cantidad real.

Cuando me transporto en el tren ligero no puedo evitar observar a cada una de las personas que van conmigo, tratando de leer el título del libro que están leyendo y calcular si van a la mitad o casi al final del mismo (no puedo ocultar mi sonrisa al descubrir que es un libro que conozco), sentir una ligera envidia al ver quienes tienen su lector electrónico, el niño que pregunta las estaciones y cuantas faltan para llegar a su destino, quienes están escribiendo en su celular y quienes hablan por teléfono, cada uno entretenido, cada uno concentrado en bajarse en el lugar correcto y no pasarse.

Tener ese momento de reflexión mientras el tren se interna en el túnel, ver algunas lámparas prendidas, perder la noción del tiempo, desesperarte por ver el letrero con el nombre de la estación, porque la voz que va nombrándolas esta vez no se escuchó. Ver a esa gente que se levanta de su asiento tan pronto como el tren se pone en alto total, pidiendo “chance” para salir a quienes obstruyen su paso.

Observar, discretamente, cada uno de sus rostros, algunos cansados, adormilados, emocionados por llegar a su destino, otros apurados porque se les hizo tarde, algunos niños ya enfadados y hambrientos, cada uno expresando inconscientemente una emoción, como ese niño, esa persona que me sonríe sin razón alguna y me contagia de su alegría, incluso ver algunos rostros conocidos.

Al llegar a la estación donde me tengo que bajar, trato de acércame a la puerta antes de que el tren para totalmente para evitar tener que empujar a la gente que está parada cerca de la misma y así evitar sentirme nerviosa cuando suena la alarma del tren que anuncia el cierre de puertas en 5 segundos. Cuando cruzo las puertas veo a algunas personas a mi alrededor correr o apretando el paso, tratando de alcanzar alguna cita, algún local, algún medio de transporte, los sigo con la mirada, viendo a algunos tropezar con las escaleras mientras las suben de dos en dos.

Tranquilamente subo las escaleras, esquivando algunas veces a las personas de la tercera edad que cortan mi paso constante, el último bloque de escaleras lo subo un poco corriendo, para evitar el dolor de piernas que me da por subirlas a paso normal. Llegar al final de las escaleras y salir completamente de la estación del tren, da esa sensación de que una de las misiones del día ha sido cumplida.

Por: Ariana Díaz y Gustavo Morales

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