BoticaPero no lo vuelvo hacer

Por Luz Elvira Olivares

Paso por la calle de Pedro Moreno, el olor de la Botica Jalisco, su máquina registradora del siglo XIX y su mostrador de madera oscura, me recuerdan la primera estrofa de un poema:

“Tardes de beatitud,

en que hasta el libro se olvida

porque el alma está diluida

en un vaso de quietud.”

Un poema de Don Panchito me cimbra en el oído como una campana con la voz de Hugo Gutiérrez Vega; imagino entonces a Don Panchito detrás del mostrador de su Botica en Lagos de Moreno, escribe y atiende al pueblo, es el boticario de fórmulas y letras. Francisco González León, farmacéutico pero también poeta, nunca vivió fuera de Lagos, salvo cuando vino a Guadalajara a estudiar farmacia. Su botica fue a su vez centro literario, allí estuvieron Mariano Azuela, el de Los de Abajo, el poeta nacional y zacatecano: Ramón López Velarde,  el de Fuensanta y la Suave Patria.

González León Nació en Lagos de Moreno, Jalisco en 1869, poeta de provincia le llamaban, y aunque existe un debate de hasta donde influyó a poetas que también emergían de la provincia, pero lograron sacudirse el mote de poetas provincianos y alcanzar el carácter de poetas nacionales, como ejemplo: López Velarde, fue siempre así, mal llamado “poeta de provincia”.

¿Qué tanto se daña con el sentido despectivo de nombrar a un poeta como de provincia?, no lo sé,  lo que sí, relega al lector a solo leer aquellos poetas que como si fuera un  título nobiliario poseen la crítica favorable de no ser “provincianos”, así le sucedió a Francisco González León; pero la poesía tiene memoria a través de los mismo poetas, la mirada vuelve hacia él, los poetas del siglo XX como Hugo Gutiérrez Vega, José Emilio Pacheco y Ernesto Flores vuelven a su recuerdos literarios y traen de nuevo a la escena a estos llamados poetas de provincia.

 

“Tardes en que están dormidos

todos los ruidos.

 

Las tardes en que parece

que están como anestesiadas

todas las flores del huerto,

y en que la sombra parece más sombría,

y el caserón más desierto.”

En la poesía de Francisco González León sí anda el silencio pueblerino, pero es un silencio como el sonido que habita la más poética quietud, y eriza, su poesía da imagen y palabra al pueblo, no hay bucolismo sino matices de los paisajes y la vida que provienen de aquellos que no habitan la urbe, ni el mundo citadino, sino la calle y la campana de la tarde de esos pueblos que nos moran, aunque no queramos reconocerlo.

El sonido, incluyendo el del silencio se repite a un ritmo sigiloso en los versos de Don Panchito, y es precisamente de la repetición del silencio que el tintinar de las campanas adquiere eco, a su vez el silencio se vuelve un sonido oratorio y casi místico, poemas que contienen un vilo y nos traslada a esas tardes que ya no conocemos, de esas que son únicamente un recuerdo, una añoranza de rincones que en la modernidad se vuelven casi extintos, se nos presentan si acaso como una foto instantánea.

“y en la soledad urbana

como monja rezandera

reza y reza una campana

su letanía postrera”

Francisco González León publicó en vida Megalomanías (1908), Maquetas (1908), Campanas de la tarde (1922), De mi libro de horas (1937) y Agenda (1946). De sus libros, Campanas de la tarde es el más leído. En 1990 se publicó su obra completa y por ello hay que aplaudir al recientemente fallecido, Ernesto Flores poeta e investigador, quien fuera el compilador de  la poesía del boticario laguense; el Fondo de Cultura Económica guarda esta compilación que es posible conseguir.

Aun caminado por Pedro Moreno, (que por cierto Lagos de Moreno lleva desde 1829 ese nombre precisamente por dicho insurgente), me digo a mi replicar interior, me gustaría preguntarle al maestro Hugo Gutiérrez Vega si acaso Don Panchito fue el impulso que lo llevo a ser también poeta; recuerdo la anécdota en que un Hugo niño, en Lagos de Moreno,  encuentra a Francisco González León y le pregunta – ¿Señor usted escribe poesía? y González León ya un anciano contesta.  – Si niñito, pero te prometo que no lo vuelvo a hacer.

La promesa de no volverlo hacer, son de esas que por más que se propongan no se pueden cumplir; Don Panchito murió hace 69 años, pero su obra muy a su pesar replica y se recrea en otros poetas, lo que bien provoca una promesa fallida; su poesía es un badajo que se golpea todas las tardes, que produce un Tín tán que se prolonga en cada hora.

Donde la promesa no debe ser fallida, es en no volver a nombrar con menos precio a los poetas como de “provincia”, como si la provincia fuera un lugar de muy poca creatividad o mínima poesía, eso es lo que debemos prometer no volverlo hacer.  Ahí pues el boticario de provincia, desde su mostrador escribe la fórmula del silencio, nos dejó llena la botica de letras, de silenciosas, quietecitas y poéticas letras.

Disculpe usted Señor Boticario si tomo de su botica personal unos textos. Les dejo un par de poemas en frasquito de Don Panchito.

Los cuartos de hora

Dos gotas de cristal que rebotaran,

y al rebotar sonaran

con timbre desigual: tín… tán… tín… tán.

Así suenan los cuartos de las horas

del reloj parroquial.

 

La noche es una lámina astronómica

de mármol, donde van

rebotando los cuartos de las horas:

tín… tán…

tín… tán…

 

Pienso en la ausencia de la vieja casa;

el amplio comedor dado de cal; la cantera porosa en que se filtran

alternas gotas que también dirán

al caer sobre el agua de la cántara:

tín… tán…

tín… tán…

 

Los sueños andan por la cabecera;

la alcoba memora la vieja y casera

canción primordial:

Señora Santa Ana, ¿por qué llora el niño?…

que es como un perfume en la oscuridad.

 

Voces de la noche que son el cuadrante

que el tiempo avalora:

 

Con seguridad;

una hora antes del amanecer,

el grillo se calla;

y en integridad,

el reloj caduco y comanditario

antes del signo XII

cuatro cuartos da

que de a dos en fondo,

prolongan la hora:

 

Tín, tán.

Tín, tán.

Tín, tán.

Tín, tán.

FRANCISCO GONZÁLEZ LÉON
De: Campanas de la Tarde, 1922

 

 

Íntegro

 

Tardes de beatitud

en que hasta el libro se olvida

porque el alma está diluida

en un vaso de quietud.

 

 

Tardes en que están dormidos

todos los ruidos.

 

Las tardes en que parece

que están como anestesiadas

todas las flores del huerto,

y en que la sombra parece más sombría,

y el caserón más desierto.

 

Tardes en que se diría

que aun el crepitar de un mueble

fuera una profanación

de absurda cacofonía

y herética intromisión.

 

Tardes en que está la puerta

de la casa bien cerrada

y la del alma está abierta…

 

Tardes en que la veleta

quieta en la torre no gira

y en parálisis se entume,

y en que el silencio se aspira

íntegro como perfume.

 

FRANCISCO GONZÁLEZ LÉON
De: Campanas de la Tarde, 1922

0 Comments

Pero no lo vuelvo a hacer | Botica de Letras

  1. Muchas gracias por compartir esta poética crónica…sólo tengo algunas dudas, ¿qué horario tiene la botica?, ¿me pueden dar más frasquitos de la fórmula “poemas de Don Panchito” por favor?, y yo me comprometo a seguir religiosamente la prescripción de “…no volver a nombrar con menos precio a los poetas como de provincia…”

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