La mujer de las nueve lunas | Subidos de Tono

Hablar de libros es algo difícil para mi, no porque no haya leído alguno en mi larga vida, todo lo contrario, me parece que al dejar de recomendar alguna obra traiciono a aquellos escritores que me han atrapado entre sus páginas y que cometo perjurio al no recomendarles algunas de sus novelas que han acompañado mis insomnios, pero mi propósito en este blog es algo distinto, es algo más parecido a lo que soy y lo que hago, mi tarea para con ustedes mis lectores de LeNous es compartirles todo aquello que rara vez se comenta, aquello en lo que pensamos pero difícilmente externamos en una charla con amigos, el placer por leer, observar, disfrutar del erotismo y el sexo, ese que nos hace tan humanos y que a la vez nos hace mortales. Es por esto que hoy que se celebra este Día Internacional del Libro quisiera recomendarles un libro que he tenido la fortuna de leer y que me ha dejado un excelente sabor de boca.

El libro que estoy por recomendarles tiene una dosis muy alta de morbo, ese que aparece cuando mezclamos los temas religión y sexo por no ser algo muy común, mucho menos común es encontrar un libro de este tipo que le dé a la mujer un sitio especial dentro de la religión católica después de siglos de marginación y censura hacía ellas. Esta novela nos adentra en esos pasajes que han sido ocultados durante siglos y nos presenta a una mujer noble, inteligente, visionaria, muy adelantada a su época.

El libro del que les hablo es “La Mujer de las Nueve Lunas” de la escritora y periodista española Carmen Torres Ripa, una novela que se centra en un personaje fascinante, Hildegard de Bingen, una abadesa de la Edad Media, teóloga, profetisa y visionaria, que revolucionó la jerarquía eclesiástica de su época. Así mismo conoceremos a Samuel Beyhe que es un joven sacerdote experto en mística y que recibe el encargo de investigar la vida y obra de esta mujer, sin saber que se estará involucrando en una vertiginosa carrera por descifrar una profecía la cual cambiará irremediablemente el papel de la mujer dentro de la iglesia católica. Además la visión de Hildegard en torno a la verdad, la fe, el sexo y el amor cambiará la vida de Samuel para siempre.

Aquí les comparto un fragmento de este extraordinario libro. Que lo disfruten.

Durante la noche, al abrigo de la ropa de cama, la última frase de Moira brillaba como un letrero de neón. Se le había antojado muy sola en medio de la pantalla. Samuel decidió hacerse sacerdote para amar mejor al ser humano. A veces era difícil, porque la fidelidad era complicada. Hildegard, en pleno dominio de las tentaciones de su cuerpo, había hablado con gran ardor del amor de Dios. Había un lenguaje muy humano en los místicos: «La dulce lluvia de tu humanidad —le decía Matilde de Marburgo a su amado Dios— entra en mí y tú me dices “Tú eres ahora mía y yo soy tuyo”. Planta en mí el amor». Santa Teresa sentía «gemidos en el divino entrar». Después del éxtasis —«un ataque rápido y vigoroso»— se quedaba como triturada. Porque el latir de Dios «era un latir fogoso y un dolor en todo el cuerpo».

Eran palabras eróticas siempre relacionadas con el acto amoroso. Clavar, desgarrar, dolor… Era la entrada física del amado en su amada. Era un acto sexual.encuentros místicos, al entrar en éxtasis, revolucionaban el convento. Sus gritos se oían en todas las celdas. Se les hinchaba el pecho y rebosaban leche. Entrar en éxtasis parecía un preludio orgásmico. ¡Qué orgasmos más intensos y fuertes debían de1 sentir! Porque ese arrobo místico no dejaba de ser un orgasmo. Samuel, que estaba entregado a Dios, empezaba a dudar qué tenía que ver la entrega con la Iglesia. Para algunos sacerdotes, la entrega era algo distinto. Samuel no podría enamorarse de Dios, porque era un sentimiento antinatural en su forma de ser, y enamorarse de la Virgen le parecía una falta de respeto incongruente.

Qué era entonces el amor? ¿Fue amor lo ocurrido con Helga en Jerusalén? Sintió un perderse y encontrarse dentro de una boca que parecía la continuación de él mismo. Sí, eso debía de ser el amor. Entonces estaba en Jerusalén. Era joven, casi más ansioso de buscar preguntas que de encontrar respuestas. Había ido a Qumrán, a las famosas cuevas de los esenios situadas a orillas del Mar Muerto. Samuel no buscaba a los esenios. Secretamente buscaba a Jesús.
Jerusalén siempre sería la ciudad de la Sagrada Escritura, la ciudad del Antiguo Testamento.
Y si Jesús no estaba en Jerusalén, ¿dónde estaba?
Se sintió solo, profundamente solo, metido en una sotana negra que le convertía en un cuervo. Un cuervo negro como los que había visto en la fortaleza de Masada. Al volver al hotel se quitó la sotana. Quería ser un hombre igual y distinto dentro de la uniformidad del mundo. Con unos vaqueros y una camisa de cuadros pequeños vivió su primera experiencia como turista sin serlo.
Se unió a un grupo de arqueólogos que querían ver, como sencillos viajeros, la animada vida nocturna en una de las ciudades más fascinantes del mundo.
La ciudad dorada lo arropó y, después de una cena con Jerusalén a sus pies, se perdió en la morada de Salomón. Una mujer del grupo le acompañó.
Hasta esa noche, Samuel desconocía el sabor de un beso…
Helga se alojaba en una residencia a las afueras de la ciudad. Samuel la acompañó en un taxi y… la noche era estrellada… se demoró en la despedida y volvieron a Jerusalén. Samuel tomó, quizá por primera vez, Coca-Cola con ron. Helga pidió un Cointreau con zumo de naranja. Samuel le cogió con timidez las manos y sintió un escalofrío totalmente nuevo. Un calor que le subía suave y deliciosamente a las mejillas. No dijo nada. Samuel le besó la mano como si fuera el Lancelot puro de sus sueños de adolescente. Su Ginebra era una preciosa alemana de ojos azules y pelo rubio de vikinga. Samuel pensó —en esos pensamientos que duran segundos y parecen una eternidad de1 aire transparente— que el rey Arturo estaba lejos, se había ido de caza. Ginebra estaba sola y él la cuidaría. Lancelot buscó los labios de Helga y ella se los ofreció. Nadie les miraba y Samuel transmitió a Helga el mundo de ternura que guardaba desde niño para una mujer real. Sintió que la amaba, que la deseaba y que Dios, en su infinita bondad, en aquel te quiero, recorrió su sangre y el ardor subió por la nuca y se fue extendiendo hasta la última fibra de su cerebro. Quizá había cierta magia en lo prohibido, en lo difícil, en el riesgo…
—No me siento a gusto besándote en un bar.
Entraron en el coche que Samuel había alquilado a su llegada a Israel. Dentro, en la oscuridad, la complicidad les unía. Samuel no sentía remordimientos, ni pensamientos contradictorios. Quería —eso le dijo a Helga— ver Jerusalén desde lo alto del monte de los Olivos. Quería ver lo que fuera y desde donde fuera. Subieron en silencio y, una vez allí, en aquel lugar mítico, sagrado, Samuel abrazó a Helga con desesperación.
—Creo que te deseo, que te amo…
Helga se sintió querida y respondió con la misma entrega. A Samuel el primer beso le supo a miel. Era el maná que su cuerpo esperaba. Sintió en la piel del rostro la humedad de una lágrima, pero nunca supo si fue de él o de Helga. Su mundo, su vida, sus proyectos, se desvanecieron de pronto en aquel coche sin dueño. Era muy tarde.
—Quiero hacerte el amor.
Las palabras salieron de él sin darse cuenta de lo que decía. Hacer el amor… nunca había hecho el amor. Samuel, a sus veintidós años, era virgen. Y…

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