La insoportable levedad del ser. Milan Kundera

He de confesarles que este libro lo leí hace ya muchos años, pero muchos; es de los libros que siempre recuerdo con cariño y que extraño leer, no sabía que iba a pasar cuando lo volviera a abrir, porque algunas veces hay  libros que me resulta tan agradable el recuerdo, que cuando lo vuelvo a leer pienso que no era lo que yo recordaba, obvio todo esto tiene que ver con el contexto en el que se lee un libro.

Les contaré un poco, estaba estudiando la preparatoria cuando lo leí, al leer las  primeras páginas me conquistó y no lo pude soltar, tan ilusionada estaba con el libro que era de lo único que hablaba, tanto que un amigo me dijo que se lo tenía que prestar. Hecho que me  confirmó que tenía toda la razón, es que al igual que yo él subrayo lo que le parecía interesante del libro, y ahí inició mi segunda experiencia con la “Insoportable levedad del ser” porque cuando el libro regresó a mi , lo volvía leer para saber que había subrayado mi amigo y definitivamente me di cuenta que un libro hay que leerlo varias veces, por que hay cosas que no ves o que pasas de largo que son sumamente interesantes. Hoy despúes de muchos años volví abrir este libro y me dí cuenta que sigue siendo uno de mis libros favoritos, por esa razón les dejo aquí,  la que me parece es la mejor parte.

El acuerdo tácito sobre la amistad erótica presuponía que Tomás dejaba el amor fuera de su vida. En cuanto incumpliese esta condición, sus demás amantes se encontrarían en una posición secundaria y se rebelarían.

Por eso buscó para Teresa un piso de alquiler al que ella tuvo que llevar su pesada maleta. Quería velar por ella, defenderla, disfrutar de su presencia, pero no sentía necesidad de cambiar su estilo de vida. Por eso no quería que se supiera que Teresa dormía en su casa. Dormir juntos era, en realidad, el corpus delicti del amor.

Nunca dormía con las demás amantes. Cuando iba a verlas a sus casas, la cuestión era sencilla, podía irse cuando quería. Peor era cuando ellas estaban en casa de él y había que explicarles que a media noche debía llevarlas a sus casas porque tenía problemas de insomnio y era incapaz de dormir en la inmediata proximidad de otra persona. Aquello no estaba muy lejos de la verdad, pero la causa principal era peor y no se atrevía a contársela: en el mismo momento en que terminaba el acto amoroso sentía un deseo insuperable de quedarse solo; despertarse en medio de la noche junto a una persona extraña le desagradaba; levantarse por la mañana junto con alguien le producía rechazo; no tenía ganas de que alguien oyese cómo se limpiaba los dientes en el cuarto de baño y la intimidad del desayuno para dos no le atraía.

Por eso se sorprendió tanto cuando despertó y Teresa cogía con fuerza su mano. La miraba y no podía entender que había pasado  se acordaba de las horas que acababan de pasar y le parecía que de ella se desprendía el perfume de quién sabe qué felicidad desconocida.

Desde entonces los dos disfrutan durmiendo juntos. Diría casi que el objetivo del acto amoroso no era para ellos el placer sino el sueño que venía después de aquél. Ella, en particular, no podría dormir sin él. Cuando alguna vez se quedaba sola en el piso alquilado (que iba convirtiéndose más  en una simple tapadera), no podía conciliar el sueño en toda la noche. En sus brazos se dormía por más excitada que estuviera. El le susurraba al oído historias que inventaba para ella, cosas sin sentido, palabras que repetía monótonamente, consoladoras o chistosas. Aquellas palabras que se convertían en visiones confusas que la transportaban hasta el primer sueño. Tenía el sueño de ella totalmente en su poder y ella se dormía en el instante que él elegía.

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